Tenía quince años y estaba cenando nuggets en un McDonald’s, algo habitual en aquel entonces. Éramos varios y habíamos pedido más de la cuenta. Entonces un amigo propuso, con una lógica aplastante para él, dar lo que nos sobraba a alguna persona que viviera en la calle. A mi me explotó la cabeza. No lo había pensado jamás, y tenía sentido. La realidad: me marché antes de que encontráramos a alguien. ¿Miedo? Tal vez.

Pero entonces algo cambió en mí. Paseaba y, aunque seguía haciendo lo mismo que todos los demás, mirar, pasar de largo y, solo a veces, sentir compasión, el sinhogarismo se convirtió en una realidad para mí.

Fue con 18 años cuando, al fin, decidí involucrarme en el asunto. Empezaba la universidad y eso suponía cambios y novedades. Me inscribí en Bokatas y me sumé a su causa: acompañar a personas sin hogar en Zaragoza.

Conocí a José, que me enseñó que la vida es mejor tomársela con humor. Que ante problemas, sonrisas. Que la desgracia duele menos si la cuentas en forma de chiste, y que no hay que dejar que lo malo invada toda tu cabeza. Que para estar sano también viene bien perder un poco la cordura. Que así no se sufre tanto.

Escuchando a Manuel -hablar no me dejaba, él tenía dominaba la palabra- me di cuenta de lo importante que es la información. Leía todos los periódicos, veía los informativos, se empapaba de datos médicos sobre la Covid-19 e iba siempre un paso por delante del resto. Se mantenía informado para mantenerse vivo.

Fue con José Antonio con quien descubrí el sentido de la voluntad. En su orden habitual, con su paz natural. Se ofreció a enseñarme francés, que él había aprendido durante toda su vida.
Colgó en perchas de su armario de cartón cada camisa que encontró para ir siempre bien vestido. Se hizo amigo de los patos que le servían de vecinos, y ofreció sonrisas cuando las tenía. Se refugió en la radio, se dejó ayudar y encontró trabajo. Y volvió para dar las gracias, y se las dimos a él. Entonces descubrí lo que es la fortaleza.

Apareció otro José y me recordó el refugio de la lectura. Leyó cada día y aprovechó la calle para cultivar su mente. No dejó de entrenar la cabeza y eso le dio la energía necesaria para luchar por combatir su situación. Desde su esquina y bajo un techo de cartón logró moverse. Y aprendí que los héroes solo existen en las mejores novelas de ficción. Que las personas sin hogar son humanas, que sufren, que se quedan sin fuerza, que hacen muchas cosas mal y otras tantas bien, pero que existen.

Así, desde sus dificultades, desde sus golpes, desde su cartón, me enseñaron que hay mucho más que alcohol, que drogas, que perezas y vaguezas. Aprendí que conocer te curte y que escuchar al otro es la mejor manera de ayudar. Porque para tocar el cielo primero hay que conocer el suelo. Hoy sigo aprendiendo con Nacho, con María, con Jesús, con José Luis. Se fue el miedo y vino la realidad. Porque, recordemos, tener más no nos convierte en mejores.

 

Cristina García Gómez estudia periodismo en la Universidad de Zargoza. Desde hace unos cuatro años forma parte de Bokatas, una asociación que hace acompañamiento a las personas sin hogar. Le mueve contar historias y dar voz a las personas sin hogar en @techos.de.carton

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