Servicios de atención a la «diversidad»

Las adaptaciones curriculares tienen lugar en todos los niveles educativos. La universidad no se queda atrás, con su «atención a la diversidad». Sin embargo, ¿son realmente inclusivas las mismas? 

Atención a la diversidad

Es común acceder a la página web de una universidad pública española cualquiera y encontrarnos con algún «servicio de atención a la diversidad (funcional)». Algunas incluyen la palabra funcional y otras no, pero eso es irrelevante. Analicemos la información que encontramos en esas unidades si investigamos un poco.

A pesar de que se hacen llamar unidades de atención a la diversidad, son restrictivas. Sí, restrictivas. La mayoría de las que he encontrado, tras meterme en su página web, no eran tan diversas. ¿Por qué digo esto? Después del nombre mencionado, los protocolos, las adaptaciones curriculares y distintos tipos de recursos a los que acceder, no dicen lo mismo. Lo que dicen es «discapacidad» y afirman que es necesario tener un certificado de un 33% (o superior) de discapacidad. En algunos casos, también incluyen problemas de aprendizaje (como dislexia y discalculia).

Problemáticas

Aquí es cuando surge la pregunta: ¿qué tiene esto de malo? Mucho. No voy a entrar en si esos servicios funcionan como deberían y son eficientes con su labor. Eso podría suponer otro artículo completo y una investigación exhaustiva, lo cual tampoco descarto para ocasiones futuras.

A bote pronto no parece que una unidad, oficina o el nombre que se le otorgue para atender al estudiantado con esas características sea una mala idea. En su esencia, no lo es, ni mucho menos. Para comprender por qué existe un problema en este asunto, adjunto la Guía de adaptaciones en la universidad de la CRUE (Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas). ¿Cómo no? Habla de discapacidad, de nuevo. Ojo, tampoco voy a entrar en si el término discapacidad es el correcto o no, simplemente cito textualmente.

Si miramos el apartado de «discapacidad psíquica», en las dos primeras líneas ya indica «las personas con discapacidad psíquica o trastorno mental». Y, si echamos un vistazo a algunas de las adaptaciones, incluyen mayor flexibilidad de tiempo para las exposiciones e incluso la posibilidad de exponer solamente delante del profesor o profesora. También se incluye facilitar apuntes al estudiante en caso de haber tenido crisis y/u hospitalización.

Con este fragmento de la guía voy a ejemplificar el problema de que estos servicios y/o adaptaciones sean exclusivos a las condiciones previamente mencionadas.

Un estudiante tiene fobia social y, por ello, es incapaz de exponer delante de su clase en este caso. Con un sistema como el que existe, si no puede exponer tiene tres opciones: solicitar al docente que «le haga el favor» y le permita exponer individualmente (suele salir mal), exponer su trabajo (si es que puede y a pesar de que afecte negativamente a su salud mental) o no hacerlo y suspender. Sin embargo, si contase con las adaptaciones curriculares, tendría otras opciones. Este es un ejemplo, pero hay más. Un estudiante con depresión que falte a clases por ello y un estudiante con un trastorno alimentario que pase un tiempo hospitalizado, entre otros. Existen muchos casos de trastornos mentales con los que no se suele tener un certificado de discapacidad (muchos son de duración relativamente corta), pero esto no implica que no sea algo que afecte a la persona lo suficiente como para interferir (y de forma notable) en sus estudios. No digo que no se pida ningún tipo de informe (la razón por la que necesitan esa adaptación debe demostrarse de alguna forma, por supuesto), sino que los requisitos no dejen a tantos estudiantes fuera.

Potenciales soluciones

Los ejemplos, en este caso, han hecho referencia a trastornos mentales, pero no son los únicos casos en los que estos tipos de situaciones pueden darse.

Todas estas trabas, a la hora de acceder a becas, a asignaturas optativas cuya prioridad sea por nota y otros muchos aspectos en los que influyen las calificaciones, acaban siendo un impedimento. Son una razón más porque la igualdad de oportunidades no existe realmente. El modelo debe ir cambiando hacia una mayor inclusión, y, en efecto, algunas universidades están avanzando en ello. Un ejemplo sería la Universidad de Granada, que cuando habla de Necesidades Educativas Específicas es menos restrictiva.

Así que ya va siendo hora de que dejemos de cerrar las puertas a estudiantes con diversidad funcional porque no encajan de unos requisitos, que les están discriminando y privando de recursos que necesitan.

 

Imagen: Colegio Mayol