Conejos australianos y el paradigma de la isla de Pascua

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Un rostro atávico recibe al visitante de la isla de Pascua. Los rasgos cincelados en roca volcánica de los Moáis, las grandes esculturas por las que es famosa la isla, se yerguen envueltos en el silencio y el misterio. Su gran tamaño y peso, así como la calidad con la que han sido tallados, han llamado la atención de los antropólogos durante décadas, pero lo más fascinante de los Moáis no es su envergadura, sino su localización. La isla de Pascua es un lugar remoto, un punto minúsculo rodeado por las aguas profundas del Pacífico y, sin embargo, estas grandes estatuas demuestran que en ella ha brillado una potente cultura humana.

Los Moáis se han convertido en el principal reclamo turístico de la isla de Pascua. Las cabezas de piedra, representación deífica de los difuntos, nos cuentan la historia del triunfo de la civilización, de cómo las herramientas de obsidiana y madera lograron doblegar la roca para honrar a los antepasados de los Rapa Nui, el pueblo polinesio que levantó estas grandes esculturas, pero también nos narran su fracaso último, pues de su rica cultura en la Isla de Pascua ya sólo perviven los viejos Moái.

La historia de los Rapa Nui ejemplifica a la perfección los peligros que la superpoblación y el voraz consumo de recursos pueden suponer para la sociedad, para el ecosistema y para la vida misma. De ese peligro va este artículo, y nada ilustra mejor lo general que el detalle de lo individual, de lo concreto. Los Rapa Nui llegaron a la isla de Pascua sobre el 1200 d.C. y desarrollaron una floreciente cultura a lo largo y ancho de la isla. Los suelos de Pascua eran extremadamente fértiles debido a las cenizas volcánicas que habían sedimentado en ellos, y la abundante cosecha permitió a los Rapa Nui prosperar durante varios siglos. Fue esta prosperidad sin embargo, la que llevó a los Rapa Nui a su perdición: los generosos frutos de la naturaleza en la isla de Pascua sostuvieron a una población cada vez más numerosa lo que, al final, provocó el colapso de la sociedad isleña.

Durante los siglos XVII y XVIII los Rapa Nui, demasiado numerosos para una isla que los constreñía, se embarcaron en una búsqueda voraz de nuevos recursos alimenticios y materiales. Los restos de polen en los sedimentos de la isla sugieren que de las setenta especies vegetales presentes en la isla, veintiocho (40%) se extinguieron, y de las veinticinco especies de aves lo hicieron siete (28%). Los isleños deforestaron la isla y erosionaron sus suelos para mantener su ingente población, fútilmente. Al final, la isla se vio envuelta en una serie de brutales conflictos por el control de los escasos recursos, y la población se retiró de los asentamientos urbanos a las cuevas, recurriendo incluso al canibalismo. Para cuando los exploradores europeos llegaron en 1722, la población de la isla se había reducido en dos terceras partes.

 

La historia está trufada de ejemplos similares, de advertencias, porque la situación de los Rapa Nui es hoy aplicable al conjunto de la humanidad. Antes de la Revolución Industrial, la población humana había oscilado en un máximo de unos 250 millones de habitantes, pero tras la misma, las mejoras en higiene, el uso generalizado de las vacunas y las mejoras en la alimentación supusieron una explosión demográfica sin precedentes. En 1804, la población mundial alcanzó los mil millones de habitantes, y en apenas dos siglos hemos multiplicado casi por ocho esa cifra. Las previsiones colocan en once mil millones la población humana para 2100.

El rápido crecimiento demográfico ha sido una preocupación constante para los académicos. Thomas Malthus conceptualizó esta circunstancia en su Ensayo sobre el principio de la población (1798). Para Malthus, el aumento poblacional seguía una progresión geométrica (es decir, exponencial) mientras que los recursos seguían una progresión aritmética, más lenta, por lo que los periodos de rápida expansión demográfica iban acompañados inevitablemente de un periodo de colapso que reestablecía el equilibrio entre población y recursos.

El maltusianismo es aplicable a la Isla de Pascua, pero matizable en un contexto contemporáneo. La Revolución Industrial ha acompañado su crecimiento demográfico explosivo con uno alimenticio incluso superior.  El problema al que se enfrenta la humanidad en la actualidad es similar pero no idéntico al de los Rapa Nui, pues esta vez el problema no es la escasez de alimento, que es abundante, aunque esté pésimamente distribuido (mientras 800 millones de personas pasan hambre en el mundo, se tira hasta un tercio de los alimentos producidos anualmente) sino el coste de obtenerlo.

Si bien es verdad que hemos sorteado, por el momento, la trampa maltusiana, lo cierto es que si hemos podido mantener alimentada a nuestra creciente población ha sido a costa de una inmensa carga para el planeta. El cambio climático es ya una realidad palpable, no una amenaza lejana, y sus efectos se harán más visibles con el paso de los años. La destrucción de hábitats naturales, la extinción masiva de especies y la desaparición de ecosistemas enteros para alimentar los fuegos de la industria han convertido nuestro modelo productivo y nuestra expansión demográfica en un problema existencial para la propia vida en la Tierra.

La sobrepoblación tiene, además, un impacto muy claro y reciente en nuestras vidas. En 1859, Thomas Austin, un colono inglés, introdujo por primera vez a los conejos en Australia para practicar la caza. Para 1920, la humilde camada original de veinticuatro conejos de Thomas se había transformado en una aterradora masa de diez mil millones de ejemplares, tras un vertiginoso crecimiento exponencial cuya gráfica es sospechosamente parecida a la de la expansión de la población humana desde el siglo XIX.

 

La plaga llevó al borde de la extinción a una veintena de especies y destruyó enormes parcelas del ecosistema australiano. Las autoridades de la isla, tras ver que las partidas de caza eran inútiles para contener a los conejos, decidieron aplicar un viejo principio ecológico e introdujeron un virus (el RHDV) tremendamente contagioso que, en una población masificada y no inmunizada, se expandió como el fuego, diezmando a los conejos.

El paralelismo entre la expansión del RHDV y el coronavirus es, en términos biológicos, evidente. Las poblaciones masificadas y bien comunicadas han sido históricamente el pasto propicio para las pandemias. La peste negra llegó a Europa siguiendo las largas rutas caravaneras que prosperaron con la Pax Mongola, las calzadas imperiales propagaron la Peste Antonina y la viruela, el tifus o el sarampión sembraron la muerte en América a bordo de los buques europeos. Es cierto que no se puede atribuir directamente a la mano humana (conspiraciones aparte) la expansión del SARS-Cov 2 del mismo modo que podemos hacerlo con el virus que diezmó a los conejos australianos, pero es igualmente cierto que la destrucción de hábitats naturales y las grandes densidades de población han sido determinantes a la hora de alumbrar esta pandemia. El coronavirus es solo uno de los muchos ejemplos que nos enseñan el impacto que nuestra destrucción del planeta tiene y va a tener sobre nosotros, si acaso su relevancia se debe a que es el primero que afecta directamente a Occidente.

Hay otro elemento en el coronavirus que nos ayuda a entender nuestro impacto diario sobre la vida en el planeta: la cuarentena. Admito que he estado a punto (pero era el diablo que me tentaba) de poner el falso caso de los delfines volviendo a los canales de Venecia, pero, aunque no sean material tan propicio para reenviar por WhatsApp, las imágenes por satélite de las nubes de contaminación disipándose de Europa son igual de elocuentes. Si en un mes de cuarentena se ha logrado eso, imagine el lector lo que podría hacer un esfuerzo continuo por reducir la contaminación que causamos en el planeta, no obligados por un virus, sino por nuestra conciencia.

Los Moáis son más que atracciones turísticas, son lecciones de un pasado que puede repetirse, y que debemos evitar a toda costa. Sobrecoge observar su imponente figura recortada por un sol que se pone en el Pacifico, que nos recuerda la fragilidad de los pilares sobre los que se sustenta nuestro mundo, un mundo que estamos devorando.

Percy Shelley describió con maestría la congoja que nos producen las ruinas del pasado en su Ozymandias, pues nos dicen que otros vinieron antes que nosotros, que nada perdura eternamente. (…) A su lado, en la arena, semihundido, yace un rostro hecho pedazos, cuyo ceño y mueca en la boca, y desdén de frío dominio, cuentan que su escultor comprendió bien esas pasiones las cuales aún sobreviven, grabadas en estos inertes objetos, a las manos que las tallaron y al corazón que las alimentó. Y en el pedestal se leen estas palabras: «Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes: ¡Contemplad mis obras, oh poderosos, y desesperad!» Nada queda a su lado. Alrededor de la decadencia de estas colosales ruinas, infinitas y desnudas se extienden, a lo lejos, las solitarias y llanas arenas.

A veces, la lírica llega a rincones que la prosa no alcanza.