TENET. Lo inteligible, lo sensible, lo nolaniano

La nueva película de Christopher Nolan esconde un lúdico ejercicio autorreflexivo en torno a su cine, sus filias, sus fobias y sus espectadores. Todo ello bajo una espectacular, exagerada y casi paródica historia de espías y mascarillas. Con sus manías habituales y algún que otro acierto.

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Mi intención en las líneas que siguen no es hacer una crítica o análisis al uso de la última película de Christopher Nolan. Ni desde una perspectiva formal, como tampoco narrativa, ni mucho menos pretendo meterme en el jardín de “explicar” la compleja trama del filme. Esa moda la dejo para la ingente cantidad de vídeos que circulan por Youtube y los hilos de foros que ni me atrevo siquiera a cuantificar. Muy al contrario, lo que el lector tiene ante sí pretende proponerle, a su yo espectador, una interpretación soterrada de este relato. A mi juicio, Tenet es un filme de doble fondo (muy del gusto de Nolan), pero, en cambio, esta vez nos hallamos ante una particularidad muy curiosa.

En el fondo (de) Tenet habla de sí misma, del hombre que está detrás (veremos que también delante) de la cámara y del guion hecho imágenes. Tenet habla asimismo de esa figura que tanto él mismo, como sus seguidores, la crítica y la academia hemos construido: Christopher Nolan y todo lo que lo rodea. Y todo ello, aquí reside la clave de la obra, revestido de un retorcido y exagerado thriller de espionaje a la antigua usanza. Como en toda aventura e investigación, como en la propia trama en la que el Protagonista debe recolectar piezas para resolver el enigma, señalaré cuatro indicios que muestran cómo y por qué Tenet no solo dice lo que irradia su superficie.

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Como he dicho antes, quien espere un barroco desenmarañamiento de su argumento puede ir marchándose. Aun así, invitaría a mantener la lectura si se quiere enriquecer lo extraído tras dos  horas y media frenéticas. Del mismo modo que seguir leyendo puede derivar en una negación total de mis argumentos. Todo vale. Antes de nada veo necesario expresar qué me ha parecido Tenet a nivel general. Siendo justos, Nolan no destaca precisamente por utilizar el lenguaje cinematográfico como él mismo cree ni como sus fanáticos lo ilustran. En general, sus fobias y automatismos persisten en Tenet: cambios de escala constantes e injustificados en los plano/contraplano, música espídica y a todo volumen que puede incluso ser contraproducente,  piruetas narrativas, incapacidad de narrar en imágenes y echar el resto en la palabra…  Tampoco puede decirse lo mismo de sus diseños narrativos, originales y desafiantes, y a un tiempo confusos, precipitados y en ocasiones vagos. Sobre todo en lo que hace a diálogos y construcción de personajes.

Eso sí, en Tenet se encuentran detalles dispersos que sostienen por momentos el edificio. Aparte, dicho sea de paso, de la espectacularidad y perfección técnica de muchas secuencias. Por ejemplo, el hecho de que el protagonista, después de “morir”, se encuentra en una tierra de nadie con dos elementos potentes. El mar, lo que media entre el cielo y la tierra, plagado de molinos de viento, como agujas de reloj que anticipan la circularidad del relato. También es interesante el vuelco que da a la omnipresente música en una escena con el villano. De sus pulsaciones cardíacas  depende la vida de todo el mundo, y uno de los temas se convierte en sus taquicárdicos latidos. El reloj de su corazón en problemas. O por terminar, un movimiento circular alrededor de los personajes justo antes de interactuar por primera vez con la complicada inversión viciosa.

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Dicho lo cual, a continuación enumeraré esas cuatro huellas del oculto crimen operado por Nolan. Mi idea es que con Tenet, además de hacer esa película estilo Bond que tanto anhelaba, ha levantado una estructura metacinematográfica muy interesante. Objeto de críticas por sus enrevesadas historias, por esos diálogos que sobreexplican tanto que no se entiende nada… Por esa obsesión con el tiempo, con la espectacularidad, con el mínimo uso. Así, Tenet se vuelve un manual autológico, un ejercicio casi paródico y en parte cómico de cómo hacer una película de Nolan.

 

La exageración constante

El tiempo es un tema tan manido por la ficción como predilecto por Nolan. Esta vez propone un órdago imposible, en el que no se viaja en el tiempo, sino que este se invierte. Esta maniobra genera una confusión inevitable, máxima y casi ridícula hasta el punto de que no entender nada del nudo no impide comprender el final. En muchas escenas el mundo va para adelante y para atrás a la vez. Perfecta analogía entre el discurrir de la narración y el seguimiento y la atención de quien la consume

Por otra parte, la manipulación del profílmico, de los elementos materiales en campo, se torna clave. Apenas se utilizaron efectos especiales y llegó a emplearse un avión 747 real, que fue explotado contra un hangar. Por no hablar de una persecución que involucra a cientos de coches, camiones, ambulancias, que parece que jueguen al Tetris. En suma, la trama está trufada de viajes a ciudades exóticas sin sentido, llevando al límite uno de los tópicos del cine de espías.

 

Robert Nolan, Christopher Pattinson

Este es uno de los puntos quizás más complejo, débil y enloquecido. No obstante, sostengo que el personaje de Pattinson es una manifestación textual del propio director. Más listo y guapo que los demás, aparece y desaparece cuando (le) conviene. De hecho, en una de las líneas más humorísticas, el misterioso Neil asegura poseer un «máster en Física». Acompaña al actor, al protagonista, al Protagonista (véase punto C) y al espectador con sus directrices, como si supiese de antemano lo que tiene que ocurrir y de qué forma. La guinda del pastel proporciona un ácido sabor inesperado. Pattinson es Nolan en mente y en cuerpo, tanto en el aspecto físico como en el narrativo. Es decir, al autor se enmascara a través de un elemento interno al filme para enfatizar precisamente esa autoría, en este caso desmedida. Y si no, juzguen ustedes mismos:

Sospechosos habituales

En lo que hace al desfile de personajes de Tenet, desde el principio de la historia reconocemos ciertos sujetos arquetípicos: el ambiguo exótico, el experto hacker, el malo exagerado, el posibilitador que nunca vuelve a aparecer… De todos modos, este grupo forma parte de todo relato clásico de intriga. Me quiero fijar en tres casos particulares. En primer lugar, la aparición de Michael Caine, en la que el espectador augura que su rol será el de consejero o ayudante, como en Origen, Interstellar o Batman. ¡Pero no, todo se reduce a un cameo casi torrentiano, y Caine, después de un minuto, se desvanece para siempre! Después está la científica francesa que explica las reglas del juego. La escena se resuelve sorprendentemente rápido y emerge el eslogan del filme: «no trates de entenderlo, siéntelo». Es decir, ignora los fallos estructurales, los trucos, las explicaciones cuánticas, y déjate llevar. Lo cual no deja de ser curioso, porque Tenet ofrece tanto experiencias sensoriales como enigmas que desentrañar: este texto se afana en tratar de entender más allá de la trama principal.

 

El humor nolaniano

Todo esto deriva en el descubrimiento de un elemento casi inédito en las películas de Nolan: el humor. Y de un tipo muy particular. Por una parte físico, por ejemplo visible en la imagen del edificio que estalla dos veces al mismo tiempo que se cae y se reconstruye al mismo tiempo… Además, evidentemente, de esa sensación extraña, entre la risa y la inquietud, que provoca ver a gente andando hacia atrás. Por otro, mental, cuyo momento paradigmático se localiza con claridad. En un momento, la protagonista pide que le expliquen qué está pasando, cómo es posible que se produzca la inversión temporal. En el cine anterior de Nolan, aquí vendría un diálogo en el que un personaje explica a otro, con conceptos científicos y esquemas (como la científica al principio), el funcionamiento. Pues bien, justo cuando Robert Pattinson (recordemos el punto B) va a activar ese engranaje, Nolan corta de golpe el plano. Así se genera un efecto cómico en el que el autor empírico, desde el montaje, se calla a sí mismo dentro de la imagen antes de soltar otra parrafada redundante.

 

3, 2, 1

A mi juicio Tenet es el filme más complejo de Nolan desde un punto de vista comunicativo o cultural. Donde la recepción del espectador, su lectura ideal, el cinismo lúdico de un autor plenamente consciente, juegan más fuerte. Mago, ladrón, astronauta, espía, superhéroe… Estos han sido los protagonistas preferidos por Nolan. Y ahora él se vuelve geómetra que sobrevuela su relato.

Además la causalidad está de su mano, y aquí podemos utilizar algunos de los mecanismos que el propio Nolan utiliza en la película. No solo el tiro no le ha salido por la culata, sino que le ha salido invertido. Un modo letal según las normas del filme, imprevisible y muy efectivo. Es decir, me refiero al hecho de que se estrene en plena pandemia, y en plena sala convivan personajes y espectadores que deben taparse la boca con mascarillas para sobrevivir en sus respectivos nuevos mundos o realidades.

TENET

Y al final es una peli de Nolan. Con Tenet equilibra (que no salda) sus imperfecciones, que son las de todo su cine, con una autoconsciencia lúdica hasta ahora inédita en el británico. Reflexiones vacuas sobre el tiempo, esta vez con reminiscencias de la guerra fría e incluso un punto «ecologista» bastante contradictorio si pensamos en el derroche de producción. Ambas películas, a mi juicio, están ahí. Cada cual que elija ver la(s) que quiera. Pero no podemos considerar Tenet como una gran obra en términos estrictamente fílmicos. Sí el trabajo de un narrador espídico, de un espectacularizador que de vez en cuando sabe manejar la narrativa audiovisual y el lenguaje cinematográfico. La película va para otro lado, y como suele ser habitual, los fanáticos del director británico seguirán esa senda sin pararse a pensar.

Sin embargo, esta vez, entre esas dos tierras, se ha abierto una grieta muy de nuestros tiempos, de agotamiento imaginativo, sagas interminables, repeticiones constantes y seguidores queriendo influir en las obras. Y eso es interesante aunque los puristas y los odiadores profesionales lo nieguen. Quizás por ese resquicio me colé, por este juego barroco, para no fijarme tanto en los fallos y disfrutar. No es baladí que esta historia vaya de intentar cambiar el pasado, de rebobinar nuestra realidad.

Hay algo muy curioso, que más allá de los involucrados directamente en la trama, los que saben cómo operan las reglas de la inversión, el resto del mundo es prácticamente ajeno a las causas por las que se provocan ciertos accidentes o ataques fantásticos. Solo desde el punto de vista de esos sujetos privilegiados de información podemos acceder a un entendimiento exclusivo, al que Nolan nos permite la entrada manifiestamente. Y cómo no, ese acceso a ese mundo ilusorio, a contracorriente y casi inhabitable, se concede con mascarilla obligatoria.