Por cosas de la vida, este año el Día Mundial de la Lucha contra el Sida coincide con el éxito en cartelera de Bohemian Rhapsody, el biopic de Freddie Mercury. El cantante de la banda Queen es, por encima de Rock Hudson o Liberace, la cara más visible de aquellos que perdieron la vida por esta enfermedad en los últimos años del siglo XX. Diagnosticado a mediados de los 80, y pese a los rumores, Mercury no anunció públicamente que era seropositivo hasta un día antes de su muerte, en 1991. Seis largos años de enfermedad que, oh sorpresa, la película que narra su vida opta por omitir. Esta decisión narrativa se podrá justificar de muchas maneras, pero esconde un hecho innegable: el sida, en el año 2018, sigue siendo un tabú. Hollywood quería una película lo más blanca posible, apta para todos los públicos, y elimina del guión aquellos elementos que podían generar controversia: la vida sexual de Mercury (oh sorpresa, otra vez) y sus años de lucha contra la enfermedad.

No es cuestión de negar los grandes avances que, desde los años 80/90 a la actualidad, ha habido en la concienciación social en torno al sida. Pero esta omisión nada casual demuestra que sigue existiendo un cierto “mirar hacia otro lado” cuando se aborda esta cuestión, reflejo de los prejuicios y los estigmas que todavía acompañan a la enfermedad. Bohemian Rhapsody no esconde la condición de su protagonista, pero pasa muy de puntillas sobre el tema. Una actitud cobarde que ha generado (y con razón) más de una crítica en contra. Por suerte, el cine ha sabido en otras ocasiones acercarse a la problemática del VIH de forma más frontal. Para quitarme el mal sabor de boca que me dejó el biopic de Mercury, hoy quiero recomendar dos películas que se aproximan a esta temática con honestidad y sin miedo. Desde la sensibilidad y el contexto de su época, las dos son buenos ejemplos de un cine comprometido que sí sabe mirar de frente al sida.

Philadelphia (Jonathan Demme, 1993)

En los años 90, una buena parte de la población veía el sida como un castigo a los homosexuales por su forma de vida anti-natura; como una plaga que nos merecíamos por raritos, invertidos, afeminados y pederastas. El VIH se estaba cebando con la comunidad LGTBI, y se convertía así en la coartada perfecta para legitimar la homofobia latente de muchos sectores reaccionarios de la sociedad. En ese contexto apareció Philadelphia, la primera vez que Hollywood se atrevía a abordar la epidemia que por entonces azotaba el país. La película estaba lejos de ser transgresora (drama judicial para todos los públicos, cero explícita), pero era el vehículo perfecto para el mensaje que por entonces tenía que mandar el cine: que los homosexuales no eran verdugos sino víctimas de una enfermedad injusta, y no se merecían el estigma que muchos les habían atribuido. A través de la historia de un abogado homosexual y seropositivo que busca justicia tras un despido improcedente, los americanos (y los espectadores de todo el mundo) podían por fin empatizar con ese “otro” al que despreciaban, y cuestionarse así los prejuicios que tenían hacia los enfermos de sida.

120 latidos por minuto (Robin Campillo, 2017)

Philadelphia fue una película necesaria, para siempre vinculada al contexto en que se gestó. Su discurso contra la homofobia puede seguir vigente 25 años después, pero le faltan valentía y sensibilidad para hacer verdadera justicia al drama del sida. Al cine había que pedirle más: que contase sin tapujos, con riesgo y con emoción lo que supuso vivir esa época, luchar contra el sida y morir sin haber logrado una cura. La película que hay que ver, en 2018, para entender y sentir todo eso es 120 latidos por minuto (Robin Campillo, 2017). Esta cinta francesa cuenta la historia de Sean, Thibault, Sophie, Jérémie, Max (y tantos otros): activistas de ACT UP que lucharon en los 90 por conseguir un tratamiento para el VIH. Imprescindible por su valor histórico, es también fascinante por su acercamiento a la enfermedad no solo como un inevitable deterioro físico, sino también como una lucha por la vida. Sus personajes rezuman la energía de quien se sabe en una carrera contra el reloj, pero está dispuesto a dar guerra hasta las últimas consecuencias. Es, por fin, un retrato con la complejidad que un tema así demandaba. Un merecido homenaje a todos esos “invertidos” y “afeminados” que, excluidos e insultados en su época, lucharon por conservar su vida y la de los demás. El plan perfecto para este 1 de diciembre.

2 pensamientos sobre “Mirar de frente al sida

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