Me llamo Pedro. Soy un mayor LGTB de 75 años (aunque en nada cumplo 76) y estoy orgulloso de ello. De hecho, mi vida es maravillosa…

La alarma me despierta como de costumbre, pero esta vez el sonido no es el típico sonido petardo de chicharra. Mi marido Juan me despierta cantándome el «Cumpleaños Feliz» con su magnífica sonrisa de oreja a oreja e inmediatamente después me lleva al salón, donde se encuentran todos mis amigos del centro de mayores.

– ¡Felicidades, Pedro! – exclaman todos a coro.

– 76 tacos y sigues como una rosa, ¡ya me gustaría a mí! – dice Dolores mientras se recupera de haber subido hasta un tercero con muletas y sin ascensor.

– Muchísimas gracias a todos por la sorpresa, la verdad es que no sé que decir.

– ¡Sopla y pide un deseo! – corean de nuevo.

Eso hago, y la verdad es que tengo muy claro el deseo a formular: pido que todo lo que tenemos se mantenga y que sigamos avanzando.

Tras un gran desayuno voy a la calle a dar mi paseo matinal. Los vecinos me paran para felicitarme y recordarme lo poco que queda para el Orgullo LGTB y lo que se alegran de que tengamos un espacio así para reivindicar nuestros derechos. Todos coinciden en que a pesar de los avances queda mucho por hacer, y en la valentía que tuvieron los que hace 50 años se rebelaron y sacrificaron por el resto para defender que las personas LGTB éramos iguales que las demás.

El día de mi cumpleaños me depara dos sorpresas más. Raúl se ofrece a romper su tradicional vaguería para hacerme la compra y subirla a casa, y justo cuando voy a volver para comer Federico se lanza a mis brazos rápidamente.

– ¡Pedro, que nos han dado la subvención! ¡Nuestros proyectos tienen luz verde!

– ¡No me lo puedo creer! ¡Qué alegría! Te invito al bar de Puri para celebrarlo.

En la comida recuerdo que por la tarde tengo revisión médica, así que termino rápido para poder echarme un poco la siesta.

La alarma me despierta con su tradicional sonido de chicharra. No puedo evitar echarme a llorar al darme cuenta de que hoy cumplo años y no tengo nadie con quien celebrarlo. Pienso en levantarme para desayunar algo y salir a dar un paseo, pero opto por quedarme en la cama. ¿Para qué hacerlo si nadie se va a parar a saludarme ni me va a ofrecer ayuda?

Intento alegrarme un poco poniendo la repetición de Operación Triunfo en la televisión. Los concursantes están cantando A Quién le Importa de Alaska, aunque yo me fijo más en el presentador. Al hacerlo algo se remueve en mi interior. Inexplicablemente siento como si una llama me estuviese recorriendo todo el cuerpo, y opto por cambiar de canal porque esa sensación me genera mucha incomodidad. Trato de fijarme en la mujer que está presentando el telediario, y es entonces cuando se incrementa esa sensación de incomodidad y rompo a llorar sin saber muy bien por qué.

En realidad es muy posible que lo sepa y no me haya atrevido a aceptarlo, pero creedme si os digo que por mi propio bien debo hacer como si no pasase nada, al menos hasta que las cosas cambien. ¿Cambiarán algún día? Eso no lo sé. De lo que sí estoy seguro es de que lo que ha sucedido hasta que me he echado la siesta ha sido un sueño.

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