Historias de Austria

Viena, 25 de mayo de 1869. El emperador Francisco José I de Austria inaugura la Ópera Estatal de Viena. En aquel momento, el Imperio Austrohúngaro ya no era lo que había sido. Sin embargo, aun quedaba mucho por perder.
Viena, 25 de mayo de 2019. Un grupo de estudiantes comienzan la visita guiada por el Parlamento de Austria. Escuchan hablar los principios que rigen la República Federal Austriaca.  Pero ¿Qué ha pasado entre estas dos fechas para que la situación haya cambiado tanto?

Viena, 25 de mayo de 1869. El emperador Francisco José I de Austria inaugura la Ópera Estatal de Viena, una construcción de los arquitectos Eduard van der Nüll y August Sicard von Sicardsburg muy criticada en su época incluso por el Emperador, lo que les valió a ambos arquitectos una muerte prematura (van der Nüll se suicidó y Sicardsburg murió a los pocos meses de un infarto). En aquel momento, el Imperio Austrohúngaro ya no era lo que había sido: Hungría había conseguido la independencia algunos años antes, mermando considerablemente su extensión, y las arcas públicas se estaban vaciando considerablemente. Sin embargo, aun quedaba mucho por perder.

Viena, 25 de mayo de 2019. Un grupo de estudiantes comienzan la visita guiada por el Parlamento de Austria. Escuchan hablar sobre los inicios de la monarquía parlamentaria a finales del siglo XIX y de los principios que rigen la República Federal Austriaca. Una vez terminada la excursión, aprovechan para comer un trozo de pizza italiana en uno de los puestos que rodean Volksgarten. Austria ya no es un imperio, simplemente un pequeño país de Centroeuropa.

Pero ¿Qué ha pasado entre estas dos fechas para que la situación haya cambiado tanto?

Poco antes de la inauguración de la Ópera de Viena, Europa había visto nacer en su centro un nuevo Imperio, la Monarquía Dual de Austria-Hungría. En 1867, auspiciada por la guerra contra Prusia, la Casa de Hasburgo entiende que debe llevar a cabo una serie de reformas para mantener la supervivencia de Austria.

Por ello, el emperador llega a un compromiso con Hungría, hasta ese momento subyugada al Imperio. Las dos naciones se unirán bajo un mismo rey, formarán una unión aduanera y tendrán una política exterior y de defensa únicas; pero para todo lo demás, actuarán como naciones independientes.

Pese a las innumerables tensiones entre naciones, religiones y clases sociales, al nuevo Imperio parecía irle bien para la época. Detrás de Rusia, eran el país más grande del continente. Sin embargo, todo se torció en verano de 1914, en Sarajevo. Acababan de asesinar públicamente al archiduque de Austria. Sin quererlo ni beberlo, el Imperio ha visto morir al heredero al trono. Las tensiones internacionales son demasiado altas y comienza una serie de hostilidades que culminan en el estallido de la Gran Guerra.

Por fin, en noviembre de 1918, tras haberse cobrado la vida de 40 millones de personas, se pone punto y final a la guerra que pretendía acabar con todas las guerras. De la devastación nace en Europa un nuevo orden.

Derrotadas las potencias centrales, los eslavos del Sur se unen en el Reino de Yugoslavia. El cuore del Imperio Alemán se ve dinamitado y se dicta la forma republicana para una Alemania condenada a la humillación. Casi desapercibido a ojos occidentales, se pone fin a casi 700 años de vida del Imperio Otomano; el Imperio Romano acaba de quedarse oficialmente sin sucesor en la Historia. Sin embargo, la terquedad humana verá una nueva segunda guerra tras la cual nace el germen de un nuevo Imperio Occidental: la Unión Europea.

Pero no perdamos el foco de vista: Austria. Para el Imperio, la guerra termina el 3 de noviembre de 1918, aunque Hungría se había retirado unos días antes, el 31 de octubre. Austria reconoce el nacimiento de las nuevas naciones del centro de Europa y se pone fin a la era imperial. La población austríaca hereda una república democrática.

Sin embargo, esta república nace más por necesidad imperiosa que por emancipación popular, pues lo primero que pretende la nueva clase política es allanar el camino hacia la adhesión a la recién nacida República de Weimar. Nadie en las altas esferas de la política veía viable la supervivencia de una nación como Austria una vez perdida la fuerza agraria de  Hungría.

No obstante, este movimiento fue rechazado de frente por las potencias aliadas, que obligaron a Austria a permanecer independiente, temerosas de la unión de todas las naciones de habla germana. Obligada a la independencia, la economía austríaca sufre los mismos males inflacionarios que Alemania en el periodo de entreguerras, así como una cada vez mayor tensión en la sociedad que culmina con el golpe de estado de marzo de 1933. Desde ese momento, el Parlamento deja de funcionar y asumen el poder los fascistas austríacos, de corte italiana y profundamente contrarios a la unificación con la Alemania Nazi. Con todo, en 1938 Austria queda anexionada al Tercer Reich.

Lejos de recuperar su independencia en 1945, Austria permanece bajo control de las potencias aliadas hasta 1955. No será hasta ese año, una vez adoptadas todas las reformas democráticas, que Austria se proclama de nuevo como República independiente. Con una nueva Constitución, Austria se declara neutral a perpetuidad, y adopta un modelo federal, algo curioso en un país tan pequeño y uniforme, pero que parece haber traído buenos resultados hasta ahora.

Desde hace más de medio siglo, la República Democrática Federal de Austria cuenta con un Parlamento bicameral que se renueva cada cinco años. La Cámara Baja es elegida por todos los austriacos cada cinco años. Por su parte, la Cámara Alta, o Consejo Federal, viene elegida por cada uno de los estados federales, que tienen autonomía para convocar elecciones. Actualmente cuenta con nueve estados federales: Burgenland, Carintia, Baja Austria (Capital: St. Pölten), Alta Austria (Capital: Linz), Salzburgo, Estiria, Tirol, Vorarlberg y Viena. Excepto Viena, que cuenta con casi dos millones de habitantes, ninguna llega al millón de habitantes. Y, sin embargo, los estados están representados en igualdad de condiciones (de una manera similar a lo que sucede en la Unión Europea) en la bandera que ondea en el tejado del Parlamento Austriaco por turnos de seis meses.

Se trata de uno de los Parlamentos Europeos con mayor homogeneidad en la representación del pueblo: todos los estados, por pequeños que sean, están representados independientemente, y todos los parlamentarios tienen exactamente el mismo tiempo para defender sus ideas. Cinco minutos cada uno, concretamente. Después el micrófono se apaga. También es uno de los pocos países en los que cualquier ciudadano puede acudir a ver la sesión parlamentaria y preguntar a sus representantes acerca de sus inquietudes, así como (si  obtiene el número de firmas suficiente), iniciar una proposición de ley para ser debatida. Al fin y al cabo, los políticos son los servidores del pueblo.

A pesar de lo perdido, Austria es un país con una herencia y un carácter propios, diferentes al resto de las grandes potencias europeas. Con apenas ocho millones de habitantes, es uno de los principales destinos turísticos de Europa, conocido principalmente por la música, la pintura y los deportes de invierno. Y, un día al año, tiene el privilegio de salir en las televisiones de todo el mundo: tanto el Concierto de Año nuevo como los saltos de esquí de Garmisch-Partenkirchen son retransmitidos en directo, obteniendo audiencias, cada uno de ellos, de más de 50 millones de espectadores.

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