La gota de sangre que colmó el vaso

La gota colmó el vaso: cuando ya no cabía una desgracia más en Estados Unidos, sin fuerzas por una pandemia de coronavirus que ha matado más de 100.000 personas y una recesión económica de dimensiones desconocidas, estalló la ola de protestas más amplia de las últimas décadas tras el asesinato de George Floyd.

Estaba yo sentado en la soledad de mi escritorio, con agenda y bolígrafo en mano, pensando—casualmente—en la temática de mis próximos artículos. Visualizaba los espacios blancos de mi programación, que no son más que un reflejo de los días en los que me falta algo por publicar. Mientras me ponía pensativo al escribir en el papel posibles cuestiones que tratar, pensé en escribir un artículo que llevase por título “El arduo trabajo de ser periodista sin ser periodista”. Sin bromear: hay personas que no son capaces de pararse a pensar en la dificultad que tiene redactar como un periodista cuando aún no lo eres (del todo).

En mi caso, la opinión es una de mis temáticas favoritas. De hecho, redacto en la sección de opinión del medio donde me estás leyendo. Pero ¿alguien se ha parado a pensar en lo difícil que es hacer un artículo de opinión cuando posiblemente a nadie le importe tu opinión? La mayoría de los columnistas que escriben en opinión no tienen algo que contar, más bien tienen alguien a quien escribir: personas que les leen. Luego están los que tienen algo que contar, pero menos lectores. Ahí me incluyo, al menos en lo de menos lectores.

«No puedo respirar»

Sin desviarme mucho más de la temática principal que quiero exponer hoy, retrocedo: estaba yo sentado en la soledad de mi escritorio, con agenda y bolígrafo en mano. Paré un segundo, abrí Instagram y visualicé unas cinco historias. Las cinco historias contenían el mismo vídeo. Un policía reteniendo a lo que se intuía un detenido poniendo su rodilla en el cuello, impidiendo así la respiración de éste. “No puedo respirar”—comentaba el retenido, desde el suelo—. Aquello me hizo soltar el bolígrafo. Se trataba de la historia de George Floyd, hoy mucho más conocido.

La gota colmó el vaso. Cuando ya no cabía una desgracia más en Estados Unidos, sin fuerzas por una pandemia de coronavirus que ha matado más de 100.000 personas y una recesión económica de dimensiones desconocidas, estalló la ola de protestas más amplia de las últimas décadas. Algo que puede ser beneficioso, o no: la gente ha despertado tras la muerte de George Floyd, y yo personalmente espero profundamente que las protestas en Estados Unidos sirvan para marcar un antes y un después.

El racismo y la xenofobia, que ha estado siempre presente de forma protagonista en el país norteamericano, debe ser por fin sancionado. No hay ninguna justificación para el asesinato de George Floyd, estrangulado por el agente Derek Chauvin. Se encontraba depreciado, totalmente inofensivo en una calzada de Minneapolis, en Minnesota. Su delito, pagar con un billete falso, nada criminal. Él solamente rogaba por respirar. La imagen habla por sí sola: Floyd hablaba por sí solo, pero no lo escucharon.

Mensajes de la verdad

Vi en Instagram mientras escribía este artículo un vídeo que me llamó mucho la atención. Era de una amiga: conocí a Elena hace unos años en Madrid. Es una de las personas más simpáticas que he visto nunca. Reside en Denver (Colorado) y noté por aquel vídeo que había estado presente en las manifestaciones de esa ciudad junto a su hermana y amigas. Contacté con ella sin pensarlo, nadie mejor podía contarme lo que está sucediendo verdaderamente en las calles. Lo que Elena me respondió sobre las manifestaciones, junto a su amiga Zuza, es algo que copiaré sin modificaciones en el siguiente párrafo [al no ser el español su idioma nativo pueden haber errores] para que sean ustedes mismos los que saquen conclusiones.

«En todas las protestas a las que fui eran totalmente pacíficas. El primer día acudí desde las 12:00 hasta las 20:00, y a las 18:00 más o menos (ni siquiera estaba oscuro todavía) vinieron los militares con pistolas que disparan balas de goma y mientras todos levantaban las manos y cantaban “don’t shoot” [no disparen] comenzaron a disparar. Una bala de goma me disparó a mí, y a mucha otra gente (hasta en la cabeza, donde puede ser letal) y también a una embarazada.

Después (aunque todo aún era pacífico) empezaron a tirar “tear gas.” [Gas lacrimógeno] Luego, había más policía y militares rodeando la capital, todo el mundo seguía protestando mientras la policía tiraba tear gas y dispararon. Me fui antes del toque de queda o “curfew” y al curfew a las ocho empezaron a arrestar a gente y ser más violentos.

Pero creo que lo más importante para entender es que las protestas son pacíficas hasta que viene la policía o cuando supremacistas blancos empieza a romper cosas y luchar por causas totalmente diferentes a las previstas, irrelevantes y problemáticas. La policía y el gobierno ahora mismo no están defendiendo la primera enmienda de la libertad de expresión y no están hablando de ninguna reforma de la policía así́ que es necesario seguir protestando. En general lo que está pasando en EEUU no es caos o “riots”, es una revolución contra un sistema corrupto y racista que siempre ha existido.»

La impunidad del delito

Como dijo una vez el actor Will Smith: “No es que el racismo vaya a peor, es que está siendo filmado”, y hoy el pueblo norteamericano está en la calle haciendo ruido para que se le escuche. Principalmente, para que estos actos sean vistos de forma negativa y no se aplaudan como se hace desde varios sectores. El asesinato de George Floyd ha sido la chispa que faltaba para que comenzara el incendio. No justifico el vandalismo. Ni las olas de agresividad. Pero no se dejen engañar, la mayoría de las protestas están siendo pacíficas.

Si este tipo de actos fueran condenados de inmediato, la gente no tendría que estar en la calle. Claro está que no es fácil condenar este tipo de hechos cuando el presidente de la nación no se preocupa por ello. El señor Trump separa a población americana en lugar de unirla, y lo peor es que lo disfruta. No es necesario que exponga mi opinión del todo, prefiero calcar las palabras de la senadora de California, Kamala Harris: “Los tuits de Trump muestran una vez más lo que es el racismo”.

Con los ojos puestos en DC

Los disturbios se están haciendo notables en la mayoría de las ciudades del país. No puedo negar que esto crea en mí un cierto sentimiento de preocupación. La Casa Blanca no encontrará ningún problema en reprimir estos actos, con la Guardia Nacional o con el mismismo ejército. Sigo de cerca a varios corresponsales en Washington DC, como Dori Toribio (Washington Post, Telecinco, Cuatro, RNE y RTVE)—cuyo trabajo está siendo excelente y sus tweets deleitan—Pablo Pardo (El Mundo) y otros tantos americanos: Peter Baker, corresponsal de la Casa Blanca del New York Times y Maggie Haberman, que además del mismo cargo que Baker también es analista en la CNN. Dejo sus nombres por aquí porque seguir la actualidad de lo que está sucediendo en las protestas desde sus palabras es, dentro de lo amargo, agradable.

Está claro que al menos estos movimientos no podrán borrarse de la retina internacional. Por más que Donald Trump quisiera. Aunque, en cierta parte, coincido con la predicción de muchos politólogos que mencionan que tanta reyerta favorecerá en las próximas elecciones al republicano. Todo estará por ver. Lo que sí está claro es que muchas cosas deben cambiar. Los derechos humanos no son negociables, ni la libertad tampoco. Y, toca decir que no es un país libre aquel en el que sus policías matan a civiles desarmados a razón de su color de piel.

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