Julio César Ruiz Aguilar

Escritor y periodista en ciernes del 2003. Es la persona más joven en haber publicado un libro de poesía en español, tras la publicación del primero de sus dos libros. Comenzó a ejercer el periodismo con dieciséis años al desarrollar un proyecto personal en formato blog llamado «Siendo periodista». Desde marzo de 2020 es redactor de Código Público, siendo actualmente coordinador de opinión, sin haber pisado una facultad de periodismo, pues aún cursa bachillerato.
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Durante estos últimos meses, he mantenido la hipótesis de que realmente no sabemos hasta que punto las redes sociales influyen en nuestras vidas. Hay un problema en entender que ese «mundo virtual» es igualitario al real, pues no lo es. Las redes sociales están llenas de personas que utilizan la invención a propósito para exponer una supuesta vida perfecta, que una vez el móvil se apaga, deja de serlo. Y no son estas personas culpables, pues es lo que se ha normalizado en las vidas de todos nosotros.

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El coronavirus ha llegado para quedarse:  en verano también, pues parece no conocer acerca de temporadas bajas o altas, de calor o frío, de hoteles, hostales o pisos residenciales; de aviones, de trenes, de coches o barcos. Está cómodo en cualquier sitio. Aún más en aquellos donde algunas personas le abren la puerta sin siquiera haber tocado el timbre. ¿Alguien creía que el virus se iba a ir con todas las comodidades que le estamos brindando?

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Cuando consentí mi programación, escribí algunos titulares de asuntos de los que creía que iba a poder hablar durante el verano. Entre ellos, no se encontraba la palabra coronavirus. Es por esa razón por la que empiezo escribiendo esta columna declarando públicamente mi enfado. ¿Por qué? Rebrotes, personas sin mascarilla por las calles, discotecas atiborradas de sujetos y fiestas privadas sin control. En unas semanas, la pregunta será: ¿qué hemos hecho mal? Y respuestas hay muchas.

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Estaba a punto de aterrizar en lo que había sido el epicentro del coronavirus en España y no me paré a pensar entonces en lo devastador que había sido allí el virus, aunque era más que consciente de ello. La mascarilla en mi cara me recordaba cada segundo el porqué del «tener cuidado». Más de setenta mil infectados y casi ocho mil quinientos muertos en una ciudad que hacía meses que rogaba por volver a pisar. ¿Cómo se está llevando «la nueva normalidad» en la capital de España?