Ser republicano y de derechas

Proclamación de la II República (Licencia: CC BY-SA 2.0)

Proclamación de la II República (Licencia: CC BY-SA 2.0)

Hay un espacio político abandonado desde hace décadas en España. Personas que no necesariamente se identifican con un proyecto político de izquierdas sueñan en las sombras con una república liberal.

Desde hace ya unos ochenta años, calculando rápidamente y sin poner mucho cuidado, las palabras «república» y «derechas» no pueden ser usadas en la misma frase sin levantar unas cuantas cejas. El debate del republicanismo ha estado intoxicado por la Guerra Civil y el franquismo –con legitimidad, pero sin asertividad–. En el dédalo que representa el axis ideológico español, existe un grupo que apuesta por rescatar el proyecto republicano desde una perspectiva diferente. Y es que, aunque algunos se enroquen en negarlo, los republicanos vienen en todo tipo de presentaciones y frascos: algunos más rojos y otros más azules.

Los actos conmemorativos de ayer demuestran que hay quienes insisten en deformar el 14 de abril y usarlo como excusa para proteger el autoritarismo y no cubrir con la sombrilla a todos los demócratas. El proyecto moderno, ilusionante y común, en origen y esencia, ha caído en el vilipendiable afán de algunos de hacer apología de dictadores que, bajo ningún caso, representan el espíritu republicano. La república es modernidad, progreso y libertad; conceptos roussonianos de los que los liberales odiarían ser excluidos.

Con connotaciones y aporías tan hiperbólicamente irrenunciables, es más que entendible que los españoles no quieran comprometerse con el cambio. Nadie, lleno de miedos e incertidumbres, querrá apoyar un modelo con una carga simbólica tan determinante. República y monarquía trascienden así como significantes diametralmente opuestos que, siendo meros conceptos de modelos de administración estatal, derivan en palabras cargadas de éticas y moralidades. En esto los prismas americanos pueden ser de utilidad. La realidad es que ni todos los republicanos son de izquierdas, ni la bandera nacional representa a los de derechas.

Sin la derecha no hay república

Lo cierto en tiempos como los que corren es que los españoles ven deficiencias, estructurales o circunstanciales, en la política nacional. El ejecutivo se presenta inestable y sujeto a veleidades de las masas más antisistema; el legislativo, atrapado en la ineficacia y en el circo mediático; y, el judicial, sometido a los delirios epopeyos de un vicepresidente. Así, y ante una estructura real que se viene abajo por caer redonda en la codicia, el exceso y la impunidad, se vuelve a plantear abiertamente la posibilidad de cambiar de modelo. Pero que nadie se equivoque. Poco tiene que ver quien hace más vocerío con quien tiene la oportunidad de ser realmente clave. Serán los conservadores y los liberales hartos del ‘borboneo’ los que decidan voltear la jugada y logren tambalear la monarquía desvainando la hoja más afilada. Ya lo hicieron en 1868 y en 1931. Sin su hartazgo no hubiese habido república en España y no la habrá tampoco nunca si no es con su apoyo.

Hay un espacio político abandonado desde hace décadas en España. Personas que no necesariamente se identifican con un proyecto político de izquierdas sueñan en las sombras con una república liberal; o más bien una libre, para términos menos controvertidos. Existe un grupo que cree en un proyecto que dé la opción de «ser disidente sin ser perseguido» y en el que las ideas democráticas, de cualquier tinte, confluyan con productividad. Mi convicción es que suscitaría muchas más simpatías que antipatías; muchas más adhesiones que desuniones. Mientras nadie se atreva, ni líderes, ni proyectos, ni masas organizadas, a ocupar ese espacio de regeneración, en España seguirá reinando la separación. Porque quien reina no es Felipe. Quien reina es la polarización.