Revisarse los privilegios es tarea de todos

Casi nadie dudaría que robarle a una persona su experiencia está mal. No habría ni un ‘pero’, ni ningún tipo de intento de contradicción. Mucha gente se quedaría mirando extrañada si alguien propusiese esa alocada idea, ¿cómo se le va a robar a alguien algo que es tan personal y único? Porque está claro que cada experiencia es intransferible y es imposible que una persona pueda tener unas circunstancias idénticas a las de otra; el mismo ambiente, personalidad, y un largo etcétera.

Nadie está en la mente de nadie y, por tanto, cada vivencia es diferente, por muy parecida que pueda llegar a ser a otras de una persona que haya tenido circunstancias parecidas. Por cada persona que existe en el mundo, hay una historia que contar. Y con estas historias, también hay sentimientos difíciles de entender por personas que no hayan vivido lo mismo, o situaciones muy, muy parecidas.

Sería fácil pensar que estas historias deberían ser contadas por las personas que la viven en primer plano, porque es imposible que nadie sepa tan bien cómo se sienten, por qué piensan de la forma en la que lo hacen y toman las decisiones que toman. Sin embargo, como a La Sirenita le roban su voz, a los colectivos oprimidos también nos quitan la oportunidad de contar nuestras propias historias.

Tener privilegios respecto a otras personas hace que, en muchísimas ocasiones, no nos demos cuenta de que estamos tapando sus vivencias. El ser humano es hipócrita, porque es difícil que una persona sea totalmente privilegiada en todos los aspectos de su vida, pero aun así nos cuesta desprendernos de las ventajas con las que hemos nacido.

Normalmente ni siquiera nos damos cuenta, porque desde que nacemos nos meten ciertas ideas en la cabeza que acaban normalizándose en nuestro comportamiento y es difícil analizar pensamientos que están tan arraigados dentro de nuestra mente. Aquellos que son automáticos y esporádicos.

A causa de eso, es muy probable que nos equivoquemos al hablar de una vivencia que no es nuestra. Muchas veces la intención es ayudar, pero no nos damos cuenta que lo estamos haciendo desde una mentalidad y unas circunstancias muy diferentes. Queremos informar, pero acabamos metiendo la pata porque no estamos realmente capacitados para hablar de ese tema, ese que no hemos vivido y del que solamente podemos suponer hipótesis.

Por mucho que una persona escuche a colectivos oprimidos a los que no pertenece, muy difícilmente va a poder hacer un buen activismo sobre esa opresión. Ni siquiera debería contar esas historias, porque no son suyas y pertenecen a otras personas. Lo máximo que puede hacer es cederles el espacio para hablar y ayudarles a que su mensaje llegue a más personas.

Muchas personas cometen el error de robarle visibilidad a las personas que realmente la necesitan y se cuelgan medallas de aliados cuando realmente no está haciendo ningún bien. Durante mucho tiempo se ha escuchado la versión de la historia del opresor y no se ha hecho caso a lo que dicen las personas oprimidas. En otras muchas ocasiones se ha ignorado lo que ha dicho una persona que vive la opresión, y solamente se han creído sus palabras cuando se ha manifestado al respecto alguien que no la vive.

Hay que empezar a hacer más casos a las víctimas, escucharlas y empezar a aprender de sus vivencias para poder revisarnos mejor y deconstruirnos.