Liz Truss ha hecho historia, aunque no de la manera que ella esperaba: es la primera ministra más fugaz en la historia británica. Apenas 45 días después de su nombramiento por la Reina Isabel II, el 20 de octubre Truss se vio obligada a dimitir. En poco más de un mes, la primera ministra conservadora – cuyo modelo de referencia es Margaret Thatcher – cometió demasiados errores. En particular, los mercados no le perdonaron el ambicioso plan económico que, sin definir las coberturas, quería recortar los impuestos a los sectores más acomodados de la población. Por lo tanto, el Partido Conservador la empujó a dimitir y la sustituyó por Rishi Sunak, su principal rival en la elección de septiembre. Ante un consenso en mínimos históricos, Sunak podría ser la última oportunidad de los Tories para devolver credibilidad al partido que, desde el Brexit, ha hundido al Reino Unido en la completa inestabilidad.

Una nueva dama de hierro para los Tories

Tras la dimisión de Boris Johnson como líder de los conservadores, el verano británico se caracterizó por la lucha por la sucesión. El nuevo líder del partido se convertiría también en primer ministro: las normas británicas establecen que es el líder del partido mayoritario quien debe formar el gobierno. Ocho candidatos se presentaron para el cargo. Al final de la primera fase de la elección, celebrada en el seno del grupo parlamentario, dos contendientes quedaban en liza. La primera era la ministra de Asuntos Exteriores, Liz Truss, ultraconservadora procedente de una familia de izquierdas. Al igual que su modelo, Margaret Thatcher, ella proponía soluciones ultraliberales para salir de la crisis económica. El segundo candidato era Rishi Sunak, ministro de Finanzas dimisionario y exponente de la clase alta británica. Aunque se consideraba más preparado en economía, su reputación se había visto empañada por su implicación en el escándalo del partygate junto a Johnson.

Con la esperanza de que se convirtiera en la nueva Iron Lady, los miembros del partido eligieron a Liz Truss, nombrada líder conservadora el 5 de septiembre. Al día siguiente, la Reina Isabel II recibió a Truss en el castillo de Balmoral, en Escocia, para confiarle la tarea de formar un gobierno. Sin embargo, la aplicación de su programa se estancó de inmediato cuando, el 8 de septiembre, la reina más longeva de la historia británica murió. Durante los diez días de luto nacional, Truss participó activamente en las conmemoraciones de Isabel II, pero los problemas comenzaron al día siguiente. En concreto, estos aparecieron con la presentación del plan financiero por parte de Truss y su ministro de Finanzas, Kwasi Kwarteng. Las propuestas incluían recortes fiscales por valor de 45.000 millones de libras, pero sin ajustar el gasto público.

Un fracaso anunciado al estilo Liz Truss

El plan económico de Truss desencadenó el efecto contrario a lo esperado. Las reducciones deberían centrarse en las rentas más altas para provocar el «efecto goteo», es decir la controvertida teoría de que los ricos, al disponer de más dinero, gastarían más, generando beneficios para el conjunto de la sociedad. En lugar de contrarrestar la recesión, el anuncio del proyecto causó la caída del valor de la libra esterlina. De hecho, los mercados no habían apreciado las medidas y sobre todo la falta de cobertura económica para financiarlas: el Reino Unido tendría que endeudarse para realizar todos los recortes previstos. Por lo tanto, Truss tuvo que renunciar a las medidas prometidas, dando un giro de 180 grados. Sin embargo, la credibilidad de la líder ya estaba minada. Las encuestas, que ya eran desfavorables para los conservadores desde hacía tiempo, cayeron en picado hasta un mínimo histórico, provocando una gran preocupación incluso dentro del partido.

Para recuperar la confianza en su gobierno, la semana pasada Truss decidió enfatizar el cambio de rumbo sustituyendo al ministro de Finanzas. Kwarteng fue reemplazado por un Tory moderado, Jeremy Hunt, quien archivó por completo el plan fiscal anterior. Sin embargo, la iniciativa de Hunt apareció como un nuevo descrédito de la autoridad de Truss, cuyo destino ya estaba sellado. Las posibilidades de la primera ministra de llevar el país a las próximas elecciones se esfumaron definitivamente cuando también la ministra del Interior fue expulsada del ejecutivo. La ministra Suella Braverman, que había filtrado informaciones confidenciales del gobierno desde su correo electrónico privado, atacó duramente a Liz Truss antes de irse. Las preocupaciones sobre su liderazgo ya eran demasiadas, así que la primera ministra no tuvo más remedio que dimitir tras apenas 45 días en el poder.

Rishi Sunak, el último recurso de los conservadores

El paso atrás de Liz Truss sumó al Reino Unido en un nuevo momento de incertidumbre. Para acelerar el proceso de búsqueda de un sucesor, las reglas preveían que cada diputado debía encontrar al menos 100 apoyos en el Parlamento para presentar su candidatura. También el ex primer ministro Boris Johnson parecía interesado en participar en la competición. Sin embargo, la dificultad para encontrar los apoyos le hizo abandonar la empresa, argumentando la necesidad de mantener unido el partido para abordar la crisis. Por tanto, el único candidato capaz de presentarse fue Rishi Sunak, antiguo rival de Truss, que el lunes fue nombrado líder del Partido Conservador. Hoy Sunak será encargado por el rey Carlos III de formar un gobierno, convirtiéndose en el primer primer ministro de origen hindú del país. Se tratará del quinto ejecutivo desde el referéndum del Brexit, acontecimiento que el Reino Unido aún no ha logrado asimilar.

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