Seré breve, ya que la discusión, como verán, se agota pronto. Con la vorágine de listados y ránkings que han circulado durante las últimas semanas por redes y medios, hay algo que se nos escapa. Y es que en muchos de los mencionados podios cuentan con la presencia, en una u otra posición, de Twin Peaks. The return, de David Lynch. El caso más sonado es, quizás, el de la (cada vez menos) prestigiosa Cahiers du cinema, que escogió la obra del genio de Missoula como lo más destacado del período 2010-2019. Aquí ya nos topamos con dos problemas: el primero atañe a una mala interpretación bastante generalizada; el segundo, a lo que se deriva de esta generalización. Vayamos por partes: Cahiers solo considera Twin peaks como «cine» de forma tangencial, en el editorial que abre el número donde figura el listado. En este breve texto se habla de las grandes películas de esos años, y Lynch corona la lista. De donde se desprende el segundo escollo: ya sea por torpeza, interés o ignorancia, la tónica general ha consistido en decir que para el mensual francés The return es la mejor película del último decenio. Y a este último grupo no le falta razón, pero aquí no acaba la cosa.

De este modo tan gratuito se autorizó otras muchas plumas emular el movimiento cahierista y encumbrar como el filme capital de la década a una serie de televisión de 18 episodios. Hay que añadir que, por mucho que el propio autor reconozca o niegue la filmicidad de su obra, está de más (y eso que quien suscribe este texto no tiene más que admiración a su figura).

Creo que Twin Peaks no es la mejor película que he visto en estos últimos diez años (poco importa en este momento), pero sí que es (probablemente) lo mejor que he visto en este lapso de tiempo. Twin Peaks es una serie de la televisión moderna hecha por un cineasta. Fue emitida en televisión, y por muy buena que sea eso no quiere decir que su calidad sea estrictamente cinematográfica. Asociar la calidad a un medio o arte concreto por el mero hecho de que históricamente haya gozado de mayor reputación que otros es una argumentación inválida. He leído y escuchado a gente decir que “es absurdo no decir que The return es cine porque, mirad esta escena”: e inmediatamente enlazar un vídeo con las ya icónicas secuencias del episodio 8. Pues qué quieres que te diga, secuencias de esa naturaleza e intención ya las hemos visto similares en el cine. Por eso me parece aún más relevante que por primera o rara vez se muestre algo así en la televisión. Hay que abandonar ya esa superioridad otorgada vagamente al cine; únicamente está basada en una especie de elitismo ignorante y muy caduco.

Y yo soy el primero al que le gusta mucho más el cine que la TV, pero no podemos caer en un reduccionismo; más bien hay que reconocer las potencias que uno y otro tienen y las diferencias que les hacen singulares de una forma o de otra. Y creo que esta última obra de Lynch sublima las posibilidades de la televisión, de la serialidad, del formato, de las formas de consumo actuales, de un modo nunca antes visto. Y claro que se vale de recursos, técnicas y estrategias cinematográficas. Sin embargo, eso no lo convierte en “cine en partes emitido por la televisión”. Insisto: que una serie de televisión sea excelente no la hace cine, porque estaríamos poniendo a este último por encima de la primera. La decisión de Cahiers solo me lleva a pensar tres cosas: que quieren crear una “polémica” absurda e inútil, que no saben de cine y/o que no saben de televisión. Precisamente en su último episodio Lynch nos está diciendo a la cara la diferencia entre la gran lona sobre la que se proyecta la imagen cinematográfica y la imagen emitida por las pequeñas y medianas pantallas. Y la relación que muchos espectadores contemporáneos tienen con esas ficciones que tanto bien y tanto manos hacen.

Como botón de muestra que ilustrará lo que aquí se intenta defender, un solo plano:

 

 

 

 

A Cooper, el héroe, la narración le permite ver la propia ficción en la que habita, para arreglarla.

Al espectador, este salto diegético le permite ver cómo el protagonista ve.

Pero al primero se le sancionará por subvertir las reglas de la ficción.

 

 

 

Sintetizando mucho, quizás demasiado, se puede decir que el final de esta serie, más allá de todas las tramas sobrenaturales, nos habla de nuestra relación con la ficción. Y en este caso, que Lynch decidiese continuar su obra maestra catódica en la era de la pequeña pantalla, del streaming, del visionado individual, no es despreciable. En plena lucha de modelos de consumo, el colectivo (Lumière) y el solitario (Edison), Lynch se apropia de los mitos de Narciso y Orfeo para interpelar directamente al que mira. Y lo más importante, para enfrentarle a su identificación con las figuras de la ficción.

El espectador, junto con el protagonista Dale Cooper, salva este obstáculo: el espejo le muestra lo que sin él no puede ver, pero jamás verá el reverso de las figuras reflejadas. Aunque el mundo especular es perfecto, solo le ofrece un punto de vista posible. La imagen cinematográfica (en el formato que sea) busca corregir la casi perfecta ilusión del espejo, multiplicando los puntos de vista y las formas de ver/mirar. A través de estas manipulaciones expresivas el autor da su visión de la relación espectador-personaje, de la ficción-realidad, de los finales felices y de la recepción patémica de los espectadores (especialmente los de los pequeños monitores). Recordemos que esta es una obra de televisión: en la pantalla del cine no existe reflejo, pero en el monitor o en otro dispositivo menor, si se apaga la emisión, el espectador podrá ver su rostro en primer plano. Estas imágenes nos dicen: “se mira pero no se toca”. O “se toca, pero no se mira”. En el caso del héroe Cooper, su ambición será mejorar su mundo y reviviendo a la mítica Laura Palmer. En el caso del espectador, residirá en que todo este periplo se consume. Quien se sienta frente a la televisión solo puede sentirse Narciso y nunca Orfeo; para ello tendría que pertenecer a la raza de seres fantásticos lyncheanos que rebasan lo real, o ser un ente ficticio. Y la única forma de salir de la realidad, por mucho mal que ésta inflija, parecen decirnos las imágenes de Twin Peaks, es pasando, como Orfeo, como Cooper, por las puertas del infierno.

Y esto, amigos y amigas, es imposible hacerlo en y con el cine.

Estos juicios rápidos no pueden ni deben depender de una opinión personal, a todo esto cargada de un elitismo bastante barato. Para esa gente, las buenas manifestaciones televisivas no pueden colocarse bajo el paraguas «tele», porque el medio, el formato, no es capaz de soportar tamaña calidad. Calidad que sólo entraría en una gran pantalla. Pues para aquellos que se adscriben a esta tendencia, prueben, como en la premiere de Cannes, a que esta vital escena les impacte tanto sin el azogue de una pequeña pantalla. En lo que hace a las grandes formas de expresión de la imagen, el tamaño sí que importa.

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