¿Crisis, qué crisis?

Pues parece que ya ha llegado. Si todas las estimaciones e indicadores macroeconómicos no se equivocan, este otoño entraremos de nuevo en crisis. Pero ¿es que acaso alguna vez salimos de ella? Durante los últimos años hemos venido escuchando cómo gobiernos de diversos colores y países se felicitaban por la supuesta salida de la crisis. Mientras tanto, el fin de una etapa se manifestaba con cada vez mayor claridad.

Una de mis lecturas durante las vacaciones de verano ha sido el título “El Crash, Tercera Fase”, un sencillo libro de proyecciones económicas escrito por el mediático economista Santiago Nuño Becerra. En él, el autor lleva a cabo una reflexión acerca del momento que vivimos, pero, sobre todo, hacia dónde vamos. Y es que, a pesar de que nadie se atreve a expresarlo con claridad –salvo contadas excepciones-, vivimos un cambio de etapa. La precariedad laboral y los bajos sueldos, la debilidad del crecimiento económico, la crisis de recaudación fiscal por parte de la Hacienda Pública… no han sido fenómenos coyunturales asociadas a la crisis económica, sino un panorama que ha llegado para quedarse.

Uno de los problemas que más preocupan a la mayoría de la población es el aumento del desempleo y la precariedad laboral. Muchos pensaban que tras los problemas experimentados entre el 2008 y el 2014, la situación tendería a mejorar hasta recuperar los niveles y salarios previos a la crisis. Nada más lejos de la realidad. Diez años después, los niveles de desempleo siguen siendo muy elevados, las condiciones laborales son claramente mejorables para un segmento muy importante de la población –especialmente para los jóvenes- y la tendencia marca un futuro preocupante en el corto y medio plazo.

Como defiende Nuño Becerra en su libro, algo en lo que también coincide el conocido Yuval Noa Harari, famoso por sus obras “Sapiens” o “21 lecciones para el siglo XXI”, la tendencia está clara. La globalización, el avance de la tecnología y el traslado de “los talleres de producción” a los países en vías de desarrollo ha ocasionado un exceso de mano de obra en muchos países que parece tener difícil salida. A todo esto se ha sumado un problema habitacional en todas las grandes urbes a nivel mundial que hacen cara y complicada la vida de la gente.

En opinión de estos expertos, el mundo hacia el que nos dirigimos se caracterizará por una marcada dualidad. De una parte, aquellos que ocuparán los puestos técnicos, directivos o relacionados con el conocimiento, quienes no tendrán mayor problema para desarrollar su carrera profesional. Por otra parte, una inmensa fuerza de trabajo que se aproximará a un tercio de la población ocupando puestos precarios cuya fuerza de trabajo sólo sería reclamada por días o incluso horas. El primer ejemplo ya lo hemos visto en casos como el reparto de comida a domicilio, pero podrían ser muchos más en los próximos años, estando ligados especialmente a servicios intensivos en mano de obra y con necesidad de poca cualificación para su desempeño. El segundo ejemplo lo estamos viendo también en el mercado low cost, que será prácticamente el único al que este grupo pueda acceder y que seguirá experimentando un importante crecimiento durante los próximos años.

Es en este punto donde se debate, desde hace tiempo, la idoneidad de una renta básica universal. ¿Es buena idea, es mala idea, o simplemente será necesario? Personalmente, no lo sé. He de reconocer que la idea, a priori, no me emociona excesivamente. Tener que remplazar a través de una ayuda social aquello que el mercado de trabajo es incapaz de proporcionar, esto es, el progreso social, no es una perspectiva muy halagüeña. Sin embargo, la situación global en unas décadas puede no llevar a otra solución.

Lo que sí parece claro es que en este cambio de etapa, similar al que se vivió en el paso de la Edad Moderna a la Contemporánea con la Revolución Industrial, el papel de la política –y por tanto, el de los políticos- parece relegado a un segundo plano. A la anécdota. Al debate ideológico pero no al ejecutivo. Al morboso incluso. Para ejemplo, dos muestras: las elecciones de este otoño, y la programación informativa de La Sexta. Unas elecciones que se van a jugar en la clave de “Gobierno sí, Gobierno no”, sometido al morbo televisivo de las últimas declaraciones. Por cierto, que esto último no es tan solo una opinión mía. Tal y como reconocía hace unos días ante un pequeño grupo de personalidades que nos encontrábamos presentes, Iván Redondo confirmaba la estrategia que muchos venían apuntando. Sin embargo, en esta campaña en ningún caso serán protagonistas las medidas ejecutivas de fondo de quien gobierne ya que quien manda, siempre, es la economía. La política es cosa menor.

En conclusión, nos encontramos ante un cambio de “Edad” en el que nada será igual. No llega la crisis, porque nunca se fue, y porque probablemente no es una crisis, es un cambio de mayor calado ¿Crisis, qué crisis?

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