El gran peso de la juventud

La juventud española jamás había estado tan preparada para los cambios del mundo moderno y, sin embargo, nunca se había encontrado con unos muros tan altos que saltar.

Los jóvenes nunca hemos estado tan mal. Y antes de que se me acuse de hiperbólico, debo declarar que sé perfectamente que esta frase la han empuñado todas las generaciones cuando jóvenes. Así como que la seguirán usando cuando yo sea un buen señor. Pero es la realidad: la juventud española jamás había estado tan preparada para los cambios del mundo moderno y, sin embargo, nunca se había encontrado con unos muros tan altos que saltar.

La tasa media de paro juvenil es del 40,13% en España, acentuándose en comunidades autónomas como Canarias, que llega a la friolera cantidad del 61,72%. Podría alguien llegar a pensar que estos datos se deben a una juventud despreocupada, pero todo lo contrario: los jóvenes españoles estamos igualmente más cualificados que nunca, lo que agranda una sensación de fracaso en la que muchos se ahogan.

El aumento de titulados superiores, como resultado de la expansión educativa, ha sido constante y mayor que el incremento de la demanda de puestos altamente cualificados. Algo en lo que no han reparado —o no han querido reparar— nuestros dirigentes políticos, a los que los problemas de la juventud les queda tan lejos como a un gallego la costa de Cádiz. El principal problema de esta venda en los ojos es el hecho de que en algún momento toca quitársela. Y ese momento ha sido el mismo en el que se han dado cuenta de que el régimen demográfico español se encuentra como el Titanic: en puro hundimiento.

«¡Las pensiones! ¿Quién pagará las pensiones?» —exclaman. A buena hora nos hemos dado cuenta de las pensiones. Aquellas que no se podrán pagar nunca. Tan solo hay que mirar la gráfica para darse cuenta de que el grueso de la población, aquella del baby boom, está destinada a consumir a una población española joven a la que le sería más rentable marcharse del país. Muchos se van y con buen criterio. Yo también lo haría, y es de hecho una opción que alguien de mi edad nunca debería descartar. Al fin y al cabo, al que se debería señalar no es al que se va, sino al que no hace nada para que estos puedan volver.

Nuestro país pierde. Pierde por todos lados. Pierde jóvenes y, a su vez, pierde a sus posibles hijos, como si nos sobraran. La tasa de natalidad sangra. Si algo nos dicen las gráficas es que necesitamos y necesitaremos de la inmigración para ser. Algo que choca profundamente con los ideales conservadores anti migratorios de muchos, quienes solo quieren una inmigración altamente cualificada, cuando los que están altamente cualificados se están yendo a Berlín, en un vuelo de Ryanair, con la bandera de España bien doblada en la maleta.

Nosotros —los jóvenes— también tenemos nuestras cosillas. Y algo de culpa. No me hace gracia cuando algunos relacionan los últimos incidentes en Cataluña, en nombre de la libertad y de un rapero, con el «descontento juvenil». Ninguna frustración justifica los medios. Me preocupa enormemente el futuro de este país, pero sé que este mismo no se va a arreglar quemando contenedores ni asaltando entidades bancarias. Si quizás los jóvenes nos involucráramos un poquito más en política de lo poquísimo que nos involucramos, se nos escucharía más. Recordemos que de las pensiones no se habla tanto por nada, sino por lo mucho que vale el voto de los jubilados. En cambio, el de los jóvenes, ¿cuánto vale? Está claro que, si queremos que se nos escuche, primero hay que hablar.