Los grandes olvidados del mundo literario

 

Al pensar en la literatura y en el mundo literario, la mayoría de las personas piensan en esos grandes escritores que llenan con sus fotos los escaparates del Corte Inglés o del Fnac. Los best seller que todo el mundo conoce y que, incluso los que nunca leen, empiezan a leer. En ese sentido, tengo muy claro que me diferencio de ese tipo de personas al ser yo un loco, un demente, un maníaco o, viniendo a ser lo mismo, un escritor aficionado.

 Si los escritores aficionados viviéramos gracias a las personas que nos apoyan, moriríamos todos de hambre y sed.

La realidad de los escritores aficionados

Al hablar de literatura pienso en esos grandes clásicos que nos han hecho llegar hasta estos años, en esos grandes escritores que triunfan hoy en día —sí, pienso en ellos—pero mayormente, pienso en esos soñadores que se pasan las noches escribiendo sin pensar en lo difícil que será publicar su obra, que lo será. Por no hablar de lo difícil que será, una vez publicada, venderla. Lo peor es que a algunos pensarlo les motiva más a escribir, como buenos masoquistas. Poca gente piensa en nosotros, y sí, desde este momento me incluyo dentro de ese grupo de personas que no hacen otra cosa que perseguir sus sueños, como el atleta que se prepara durante años para poder competir en los juegos olímpicos. Somos los grandes abandonados, y en cierta parte—pero solo en cierta parte—tiene sentido: si no nos conoce nadie, ¿quién se va a preocupar por nosotros?

Cada vez siento que estoy más dentro del mundo de la escritura y, por ende, cada vez conozco a más personas que se asemejan a mí en un sentido puramente poético. La mayoría de nosotros llegamos casi siempre a las mismas conclusiones: si viviéramos gracias a las personas que nos apoyan, moriríamos todos de hambre y sed. En ese sentido, yo declararía públicamente que este mundo es complicado, que no es apto para cualquiera. No solo vale con ser valiente para escribir y publicar—que ya es mucho—, sino que debes estar dispuesto a recibir golpes de todos lados. Si sirve de consuelo, no suelen ser golpes físicos: basta con no conseguir vender los ejemplares de tu libro, sentir que no gustan o tener que conllevar contigo las críticas destructivas de algún crítico que nunca ha sido crítico. Por no mencionar la de personas que tratan de quedarse con tu libro sin pagártelo, como sí a ti no te costase dinero, o peor, como si no se valorase para nada todo el trabajo que has tenido que dedicarle. Casi que prefiero, y seguramente muchos también, un buen puñetazo.

Intentar vivir del cuento

En cierta parte, “los grandes olvidados” suena a hipérbole, lo reconozco. Pero realmente, no solo somos los olvidados, sino que, además, somos los más vulnerables. Depende de con quién hables, algunos pueden afirmarte que el mundo editorial es peligroso. Muchos de los escritores, sobre todos los noveles que comienzan, son presa fácil de algunas editoriales de autoedición. En un principio, parece que te invitan a entrar en una casa grande y bonita, mientras te sirven una buena limonada. La realidad es que acaban engañándote, la casa grande y bonita se convierte en un piso cochambroso y la limonada ni siquiera contiene limón. Te desangran, no es broma. Algunos te imprimen cien ejemplares de auto demanda por cantidades de dinero que rozan la alucinación. Es una estafa en toda regla, pero legal, claro: firmaste un contrato, dirán que la culpa es tuya por no saber cómo funciona el mundillo.

Claro que, siempre hay alguno que triunfa a la primera de cambio y consigue vivir del cuento—nunca mejor dicho—. Me alegra mucho, no hay nada más bonito que cumplir un sueño. Pero la triste realidad es que no hay hueco para todos. Algo que asumo y que me gustaría poder transmitir a todos los escritores, es que para mí el fracaso es parte del éxito. De hecho, si nunca has fracasado, ¿de qué te sirve triunfar? Nunca sabrás lo que es tener que llorar encima de tus textos. Y ahí nace entonces la magia, el saber reconvertirse, el mejorar. Quién realmente nace siendo escritor, muere siendo escritor, pues uno no deja de escribir nunca. Y crean que, teniendo eso en cuenta, quedan muchos años para dejar de ser un loco, un demente, un maníaco. O como ya todos saben, un escritor aficionado, que viene a ser lo mismo.