Mamma Mía! Una y otra vez! o el recuerdo del ayer

La película gana enteros cuando se acepta a sí misma: se reconoce como el epílogo de una obra magna en lo suyo y, a partir de Dancing Queen, encadena una retahíla de secuencias que reconcilian al espectador con su yo más cursi y empalagoso; aquel que se deleita ante el fulgor de las lentejuelas, los besos a contraluz y las declaraciones furtivas.
La segunda parte de Mamma mía se empeña en intentar recordar lo mejor de su predecesora

En invierno, los vacacionales apartamentos de playa son todos iguales. No chillan; callan. Como la vejez, susurran un tiempo arrebatado, manifiesto por las grietas que abrió el verano tras su esplendor. El óxido carcome las mesas de las comilonas estivales y los restos de comida que colman los armarios yacen ablandados por una humedad heladora. Nadie chapotea en la piscina. No hay toallas ondeando en sus balcones, politizados en verano por la única ideología del placer terrenal, ni regueros de agua por el rellano. Las casas de playa no sirven para el invierno: apenas son las mismas, lloran la ausencia de lo perdido y lo amargamente recordado. Como los álbumes de fotos, los diarios y los sabios. Así es también Mamma mía! Una y otra vez!, secuela de la triunfadora Mamma mía, la película, que, con su éxito comercial, exigía una segunda parte.

Concebida para explicar la historia anterior al musical de 2008, narra cómo Donna conoció a los tres padres de Sophie –cada uno más guapo que el anterior– y su llegada a la pequeña isla griega, a base de flashbacks, ciertamente superfluos, pero bien ensamblados, mientras, en el presente, Sophie prepara la inauguración del reformado hotel que su madre levantó. Si la idea es cobarde, peor resulta su ejecución: el elenco de personajes jóvenes que habitan el pasado, en principio protagonistas, no logra brillar como lo hacen los veteranos en sus pocas intervenciones, dejando a su paso un puñado de escenas edulcoradas en las que lo mejor son el paisaje y su vuelta a la actualidad.

Y en esta, las amigas de Donna, Tanya y Rosie, son las únicas con sorna, con gracia. Con personalidad. La mirada al ayer tiñe el guion de un tono demasiado melancólico, en contraste con la locura popera que representan las canciones de ABBA, y, en consecuencia, la trama se ahoga en una gran paradoja: pretende volver a agitar como lo hizo la primera, mientras busca su propia autonomía discursiva. La ausencia de Meryl Streep, así como la acusada presencia de los personajes del pasado, ponen en evidencia las descoseduras de una obra ayuna de grandes protagonistas, pero no de grandes nombres. Un desaprovechado ¡¡Andy García!! -el mítico heredero de Michael Corleone–, Firth, Brosnan y Skarsgård, relegados a un segundo plano, echan por tierra el aserto Gracianiano de que lo bueno, si breve, dos veces bueno. Se añora su peso. Y su poso.

No obstante, la película gana enteros cuando se acepta a sí misma: se reconoce como el epílogo de una obra magna en lo suyo y, a partir de Dancing Queen, encadena una retahíla de secuencias que reconcilian al espectador con su yo más cursi y empalagoso; aquel que se deleita ante el fulgor de las lentejuelas, los besos a contraluz y las declaraciones furtivas.

Cuando el guion olvida su identidad nostálgica, bien apuntalada únicamente con las referencias a SOS y I have a dream, fundamentales en el primer filme, y se apunta a la fiesta, entonces sí: su proyección cobra sentido.Mamma mía! Una y otra vez! hereda en su conclusión la alegría que vertebraba la primera, al tiempo que apuesta fuertemente por la reinterpretación de nuevos temas de ABBA –genial Fernando–, incorporados, en cambio, sin habilidad, con calzador, al comienzo de la obra. Los números musicales, por ende, ganan en ligereza y también en estética, aunque siempre con un mensaje: la triste verificación de que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Mamma mía! Una y otra vez! no es más que eso: un tenue recuerdo. Tiene, como los apartamentos de playa en invierno, una historia que contar, aunque en esa historia solo ardan las cenizas de una hoguera pretérita que algunos nos negamos a apagar. A fin de cuentas, el invierno no dura para siempre.