«Bon voyage, Ayuso»

El pasado 10 de marzo, Isabel Díaz Ayuso anunció su dimisión como presidenta de la Comunidad de Madrid ante una posible moción de censura que registraron ese mismo día PSOE y Más Madrid. 


La pasada semana la Comunidad de Madrid, y en concreto su presidencia, demostraba y visibilizaba la inestabilidad que viene sufriendo la política española desde hace algunos años y que se ha incrementado con la pandemia. Desde el pasado marzo de 2020 hasta hoy, un año después, hemos visto cuestionar por parte de aquellos que dicen que nos gobiernan, o desgobiernan, todo tipo de actuaciones políticas. Desde las autonomías al gobierno central y viceversa, el juego político en nuestro país ha sido un constante tira y afloja que ha causado una crispación social propia de los tiempos de crisis más difíciles. Manifestaciones cómo las de Núñez de Balboa el pasado mayo, hasta los constantes ataques entre las diferentes ideologías, muestran lo podrida y anticuada que ha quedado nuestra clase “despolítica” como anunciaba en septiembre de 2011 Almudena Grandes en una de sus columnas habituales de El País.

Almudena Grandes: Quienes, por acción u omisión, contradicen a diario la definición del término que se otorgan a sí mismos, merecen un nombre nuevo. Despolíticos no suena bien, pero se me ocurren otros aún peores.

Pero, ¿tiene alguna repercusión los acontecimientos que vivimos ahora en la futura política de nuestro país?

La generación peor valorada

Es una evidencia estadística que los políticos españoles están a la altura del barro en la conversación social de nuestras calles. El barómetro del CIS del pasado mes de noviembre dibuja un escenario en el que los españoles dejan en su registro mínimo a los líderes de los principales partidos políticos. Ninguno de los representantes de las cinco grandes formaciones políticas españolas pasaría el corte del aprobado tras este último sondeo. Y es que, los casos de corrupción siguen subiendo como la espuma día tras día. Los propios políticos se “pasan el muerto” entre ellos para rascar votos y mantener su asiento mientras la gente sufre las consecuencias de una gestión estatal y autonómica un tanto cuestionable. Bárcenas y el misterioso M. Rajoy han protagonizado la última historia de “amor en los banquillos” tras las declaraciones del que fuese tesorero del Partido Popular.

Fuente: El Confidencial

La “despolítica” de las autonomías

Isabel Díaz Ayuso, la protagonista de la telenovela política que vivimos, y sufrimos, los españoles casi a diario, ha dimitido. Su dimisión ha llevado el foco mediático a un asunto que veníamos viendo poco a poco desde el fuerte alzamiento de Vox hace unos años atrás. La derecha española, (ahora más ultraderecha que otra cosa) se resquebraja, derrumbando sus gobiernos más fuertes, como Madrid o Murcia, y poniendo entre la espada y la pared a formaciones como Navarra Suma. El líder de la coalición PP-Cs en Navarra, Javier Esparza, declaró esta misma semana que la ruptura entre ambos partidos no ayuda a fortalecer, ni a consolidar, ni a dar estabilidad al proyecto de Navarra Suma. Pero la dimisión de Ayuso significa mucho más para la política patria.

Una retahíla de decisiones impactantes en la política autonómica siguieron a la de Ayuso de dejar la presidencia de la Comunidad de Madrid. Una moción de censura en Castilla y León registrada por el PSOE,  y una inminente expulsión del PP tanto del mandato de la Región de Murcia como del ayuntamiento de la capital por parte de los socialistas y de Ciudadanos son otras de las consecuencias. Sin embargo, el nuevo «Tamayazo», esta vez dado en la Región de Murcia, ha vuelto a mostrar un política podrida y en busca de poder. Este poder representa el sillón de los 3 cargos con los que Fernando López Miras, presidente de la comunidad,  ‘premiaba’ a Franco, Miguélez y Álvarez, los diputados que Ciudadanos ha expulsado de la formación naranja.

¿Y qué pasa con Podemos?

Una de las decisiones más trascendentales que nos ha dejado la inesperada dimisión de Ayuso es la de Pablo Iglesias. El líder de la formación morada decía adiós ayer a su cargo como Vicepresidente, ese que nos costó unas segundas elecciones generales, tras más de un año de servicio público. Esta nueva etapa como cabeza de lista para Unidas Podemos en la capital nos deja una ruptura, la de su «idílica» historia de amor-odio con nuestro presidente Pedro Sánchez. Pero no todo van a ser malas noticias, y es que Pablo Iglesias nos ha dejado el mejor regalo que se le ha hecho a la izquierda española en décadas, poniendo a Yolanda Díaz, actual ministra de Trabajo y Economía Social, al frente de la Secretaría General del partido. Una mujer empoderada, muy crítica, y con una opinión y unos ideales dignos de destacar.

Reflexiona, abre los ojos y confía en la verdadera política

Política y sociedad están empezando a complementarse y hacer un “híbrido”. Y no es de extrañar, pues los escándalos ya citados, más los que tenemos que sumar, que no son pocos, dejan a la política española por los suelos. Una presidenta que abandona el barco ante una posible moción de censura. Para mí, ese es el titular. Y es que da más miedo saber que te han echado que irte tú. Pero poco cambia cuando en vez de una posible moción de censura volvemos a tener que ir a las urnas. Urnas, que, por otro lado, fueron muy criticadas por esos mismos que hoy convocan elecciones en Madrid, pero todos sabemos de esa doble moral con la que juegan algunos partidos. Como bien dice el refranero español: «Consejos vendo, y para mí no tengo».

Yo lo que tengo claro es que así nos pierden. Los políticos nos están dejando ir porque saben que si siguen así tienen su “trono” de inmunidad asegurado. Nadie les frena, nadie les para los pies y todos defendemos con uñas y dientes a “nuestro partido”, que ni es nuestro, ni es nada.  Mientras que lo que deberíamos hacer es defender las pensiones, la igualdad, los sueldos, el salario mínimo interprofesional, las ayudas a los más desfavorecidos, y un sinfín de cosas buenas que nos convierten en una sociedad excelente, pero que si seguimos haciendo intocables a nuestros políticos echaremos a perder. Defender a un político sabiendo que lo ha hecho mal por el simple hecho de que pertenece al partido que has votado durante toda tu vida es traicionar al principio democrático y de Estado de Derecho que nos hace ciudadanos libres y críticos.