¿Puedo llevar trenzas africanas si soy blanca?

Trenzas africanas

Apropiación cultural, privilegio blanco y alianza

La semana que viene haré una visita a la Trencería del Flow. Es la segunda vez que me trenzo con ellos y me gusta la profesionalidad con la que hacen su trabajo; tal vez sea esa la razón por la que muchos personajes reconocidos convierten este sitio en un must cuando pasan por Barcelona: deportistas de élite, influencers, cantantes, etc. 
Estoy feliz con mi decisión. Sin embargo, como mujer que pertenece a una generación que todo se lo cuestiona, no puedo evitar preguntarme a mí misma si es correcto que una chica blanca se haga trenzas africanas y si mi voluntad por lucir bella puede afectar en la lucha por los derechos de las personas negras. 

El asesinato de George Floyd marcó un antes y un después en el movimiento de Black Lives Matter. Las manifestaciones antirracistas en Estados Unidos traspasaron fronteras, y menos mal. Desde nuestras casas, retuiteamos, publicamos, nos informamos, donamos dinero e hicimos lectura para entender la indignación de la comunidad afro. Y se convirtieron en trending topic algunos conceptos que, hasta entonces, habían pasado desapercibidos: apropiación cultural y privilegio blanco.

¿Qué es la apropiación cultural?

Existen diversas definiciones para el término y todas ellas contienen matices que nos ayudan a crear una perspectiva global de lo que realmente es este fenómeno social. En el blog Psicología y Mente, proponen: “(La apropiación cultural es) una manera de mercantilizar aspectos culturales que han existido desde hace tiempo fuera de los márgenes del mercado, y que han sido introducidos en este desde la perspectiva de la cultura occidental blanca”. Me interesa en especial esta definición, porque, en cierto modo, hace referencia a la manera en que está planteada la cultura que consumimos: bajo los criterios de una sociedad capitalista que se rige por los intereses de los blancos. 
Somos expertos en blanquear los elementos más representativos de las culturas minoritarias y ello puede verse frecuentemente en el panorama de la moda y del arte. ¿Te acuerdas cuando Miley Cyrus popularizó el twerk? De repente, todas las escuelas de baile de España abrieron un horario para impartir este estilo de danza, pero el twerking ya existía en otra realidad alejada de los ojos de los blancos. ¿Recuerdas cuando Rosalía convirtió los baby hair en una tendencia? También existían, antes incluso de que la artista naciese. Todos los ejemplos que encontramos se ajustan a la perfección a la definición anteriormente dada. 
Cuando, en su artículo Si yo no puedo, entonces la chica blanca tampoco, Agostina Yannone dice: «Ojalá todo fueran trenzas, a secas. Sin ningún tipo de significado», se refiere a la enorme desigualdad que hay entre la chica negra que usa trenzas y a la chica blanca que usa trenzas. Es entonces cuando debemos detenernos a analizar qué tiene la chica blanca y qué no tiene la chica negra.

¿Qué es el privilegio?

Según la Real Academia de la Lengua Española, el privilegio – del latín, privilegium – es la exención de una obligación o ventaja exclusiva o especial que goza alguien por concesión de un superior o por determinada circunstancia propia. ¿Y cómo se relaciona este concepto con la lucha antirracista? 
La primera persona en utilizar este término en relación al racismo fue Peggy McIntosh, en 1989, en Privilegio blanco y privilegio masculino: un relato personal de venir a ver las correspondencias a través del trabajo en estudios de mujeresSegún McIntosh, el privilegio blanco es una mochila invisible y sin peso, pero que va llena de provisiones: pasaportes, visados, botiquín de emergencias, cheques, etc. Invisible y sin peso, porque la mayoría de veces no es la persona blanca quien es consciente de ese privilegio, sino la persona negra que no lo posee. 
Respecto a las trenzas, Yannone explica que el pelo afro acarrea consigo numerosasvaloraciones sobre la persona negra que, naturalmente, lo tiene: «temperamental, irrespetuosa, irascible, holgazana. O, quizás aparezcan las otras calificaciones: pasional, fogosa, salvaje, valiente». Sin embargo, cuando es una chica blanca la que hace uso de esa estética, las connotaciones toman un carácter distinto: «La chica blanca necesitaba de un “empujón” para parecer más “ruda” o “irreverente” o “desfachatada”, apunta Yannone.
Ahí es donde radica el verdadero problema: en la persona blanca que se apropia de un elemento que pertenece a una cultura minoritaria, pero bajo la protección que le brinda el privilegio de no enfrentarse a juicios de valor ni a ningún tipo de discriminación. 
Así pues, el privilegio no se trata de todas esas experiencias que atravesaste para ser quien eres hoy, sino de todo lo que no tuviste que pasar gracias a tu condición.
Reconozco que soy una privilegiada, como también manifiesto mi falta de privilegio cuando me comparo con mis amigos nacidos en España. Soy latinoamericana – en concreto, argentina, aunque nacida en Venezuela – y he pasado gran parte de mi existencia justificando cuestiones sobre mi identidad: «¿Tantos años aquí y sigues seseando?», «¿Puedes hablar bien?», «¿No eres demasiado morena para ser argentina?», «¿No eres demasiado blanca para ser argentina?, «Si quieres ser periodista en España, tendrás que aprender a pronunciar la z».
Además, al poder elegir entre ser argentina o venezolana, me cuesta responder a la simple pregunta «¿de dónde eres?». Si digo que soy de Argentina, es probable que mi interlocutor conteste «¡Qué bueno que viniste, boluda!»; si digo que soy de Venezuela, tendré que encerrarme en una conversación sobre política o sobre la belleza de las mujeres venezolanas. Sé que mis amigos españoles no tuvieron que someterse a estos interrogatorios. Ni siquiera tuvieron que navegar por las profundidades de su propia identidad. Eso también es un privilegio. 
Agregado a lo anterior, no sé si es por culpa de Leo Messi o de Nathy Peluso, pero ahora parece que está de moda el acento argentino. Veo diariamente Tik Toks virales donde se escucha a gente española disparar expresiones como «tirá facha», «pará, guacho» o «minita», y no puedo evitar recordar todas las veces que alguien me juzgó, o juzgó a mi familia, por ser nosotros en nuestra más pura esencia. ¿Las personas que nos juzgaron son las mismas que no nos reconocieron como residentes legales de España durante más de 15 años? ¿Son las mismas que hoy nos caricaturizan a cambio de likes? ¿Es esto lo que sienten las personas negras cuando ven a una persona blanca haciendo uso de su símbolo de identidad? 
A la última pregunta, la respuesta es: no. Mi situación no se asemeja ni en lo más mínimo a la de ellas. Pero, como humana que reconoce sus privilegios, me encuentro en el proceso de buscar y rebuscar en mi interior razones por las que empatizo con su lucha – una lucha que va más alla del racismo -, aunque nunca logre entender el juicio y la discriminación a la que se someten las personas negras en su día a día, porque no lo he vivido.

«Este privilegio ordinario es, de hecho, una oportunidad»

No es justo culpar a los privilegiados de serlo. Nadie elige su apellido, ni su color de piel. Lo que sí es justo es culpar a quien hace mal uso de su privilegio. En Cómo usar tus privilegios para ayudar a otros, Dolly Chugh invita a «usar la naturaleza ordinaria de lo que somos como una fuente de poder extraordinaria». Y esto se consigue, en primer lugar, analizando cómo nos comportamos en sociedad y qué papel jugamos en el cambio social. 
Si bien es cierto que no he hallado ningún artículo teórico sobre este concepto, me parece acertado hablar sobre aquellas personas que participan en una lucha social sin estar directamente afectadas por esta: los, popularmente denominados, aliados. Por ejemplo, un hombre puede ser aliado del feminismo, aunque no se vea directamente afectado por las razones que impulsan a las mujeres a ser feministas. 
Aunque Gianna Collier-Pitts explica que «es importante ir con pies de plomo cuando se entra en un lugar donde no se pertenece», considero importante la existencia de los aliados, porque son una muestra de que la lucha está teniendo efectos positivos, en cuanto hay personas privilegiadas que están replanteándose la forma en que piensan e interactúan con su entorno social. 

¿Y luego, qué?

Soy una persona multicultural. Por eso mismo, soy partidaria de que las culturas son para compartirlas, siempre que se haga desde el respeto. Cuando decides amar a una persona, debes conocer su pasado; qué le lleva a ser de una forma u otra. No podemos solo abrazar aquellas partes que nos convienen. Y lo mismo sucede con la cultura.
El debate que planteo no debería radicar en si es correcto ser blanca y llevar trenzas, sino en si lucrarse a costa de un elemento cultural, banalizarlo y no dar crédito a su origen e historia es correcto o no. Y, evidentemente, no lo es. 
Entonces, ¿sobre quién recae la responsabilidad de este problema? Sobre aquellos que poseen el verdadero privilegio – el poder de la influencia – y no lo están usando bien. Este ensayo lo podría haber escrito Jessica Goicoechea el día en que se trenzó en el mismo sitio donde lo hago yo, o Bad Gyal, cuando decidió que imitar la estética de las mujeres que producen y consumen dancehall era una buena idea. Pero no es así. Está firmado por una protoperiodista con apenas 1.500 seguidores en Instagram cuya influencia no excede los límites de su casa. 
Es decir, como individuos que se desenvuelven en una sociedad, todos tenemos parte de la responsabilidad. Sin embargo, no tiene el mismo impacto que revisemos nuestro privilegio, si luego las marcas, los influencers y los medios de comunicación hacen oídos sordos frente al problema en cuestión. 
Nadie es superior a tu voluntad de hacerte trenzas africanas. No obstante, te invito a que huyas de las garras de la ignorancia y, en cambio, abraces la cultura africana en su totalidad: investiga, lee acerca del origen de las trenzas, infórmate, pregúntale a la persona que te las haga cómo aprendió a hacerlas o qué significa para ella ese peinado. Y si vas a presumirlo, explica quién y qué hay detrás de este elemento cultural. Devolvamos el protagonismo a quien le pertenece.
Porque si pretendemos que la cultura sea inmutable, hemos perdido la batalla. La mezcla es enriquecedora y necesaria. 
Pero si lo que pretendemos es que la cultura sea de todos y para todos, no la arrebatemos para convertirla en una máquina de crear dinero a costa de perder su esencia.